Mala cosa ha´ y ser, nomá
Na’y sí: jué una mala cosecha de hembras la del ’49. Entuavía me las ricuerdo: me parece que apenitas hubría sido ayercito nomá. ¡Y ya han pasao casi sesenta largos años!
Ese año maldecido del ´49, me acuerdo clarito que en el pueblo ‘bían nacido -dende el primero de Enero al 31 de Diciembre, justito, justito, que es el día en que nació la Isidora, mi ñeta- esastamente 49 chinitas. ¡Justito 49, ¿no?! No se vaya a creer que alguna se perdió por el camino… usté me entiende… que alguna mujer de las vecinas que tuvieron familia ese año se hubiera hecho “el asunto”… o perdido el embrazo por causas naturale, como dice la partera siempre que alguna se hace el “comu´é” ese que se hacen algunas mal nacida para que no se entere la gente de lo que han andado haciendo cuando se iban pal lao los yuyitos… ¡pero todo se sabe, hasta lo más escondido! Nada se pierde en esta vida chancha. Eso tengaló siempre bien clarito, m´hijo: nada se pierde.
Doña Tiburcia, la curandera, lo dijo cuando se completaron las 49: “Mala cosa ha’ y ser. Muy mala cosa; yo no veo nada bueno en esto de que justo vengan a nacer en un solo pueblo la mesmita cantidar de chinitas que la fecha del año en concurso.” ¡Y no se equivocó! ¡Sabía de mucho Doña Tiburcia, que era una maravilla! Curaba de todo, desde un simple empacho de nada, cáidas de paletilla, embichamientos, mal de ojo, mala suerte, de todo ¡le juro! Hasta sacaba brujerías bien bravas, de esas de magia negra hechas con baba de sapo, tierrita del cementerio y todo. Así que mire usté si la mujer, con semejante cencia que cargaba encima se iba a equivocar. Y si la hubría conocido usté no daba cinco centavos por ella, le juro por Dios y la Virgencita del Valle, anque digan por áhi que no se debe jurar, yo lo hago con la responsabilidá que me da el haberla visto y olido con estos propios ojos y nariz.
Y sí… olido, de oler… porque la Doña no era de lo más limpita que digamos y siempre tenía un olor juerte a humo y a sudor y a yuyos hervidos y a otras partes de su cuerpo suyo sin lavar que usté me entiende ¿no? Menos mal que era bien chiquita la negrita, que de no… hubría sido una peste caminando por las calles y dejando la hedentina detrás de ella. O como cuando dentraba en algún lao para curar a alguno: ¡hasta las arañas se descolgaban de las telas y salían a todo lo que daban sus ocho patitas! Había algún mal nacido que, para no gastar en inseticida la llamaba diciéndole que era para vaya a bendecirle el rancho. Y cuando se iba, no quedaba ni una vinchuca en un kilómetro a la ridonda.
El problema era que tampoco podían dentrar los crestianos hasta que no lo ventilaban bien, pero igual salía más barato que comprar los adroquímico para matar los bichos.
Bueno… se imagina que lo que dijo la mujer se cumplió: de las cuarenta y nueve chinitas nacidas en el ’49, ninguna, ni siquiera mi ñeta la Isidora, salió mujer cabal. A cuál fue más desbocada. A cuál fue más jetona y ladina.
Si le cuento que en el ’55, cuando tenían que dentrar a la escuela… ¡ni una solita se retobó! Estudiaban como locas, no querían ayudar en las casas… ¡se peinaban y bañaban casi todos los días, de no creer!
Pero fueron creciendo y cada vez pior: ¿usté cree que un solo padre pudo tener la gracia que las chinitas estas le cuiden los chanchos, que le den de comer a los pollos, que siembren, que ayuden en las cosechas…!? ¡¡Nada de nada!! Y encima les contestaban: “¡Y vaya y hagaló usté, antes de estar todo el día pegado al catre y tomando mate como esponja!”
De nada sirvió “fajarlas” con el cinto, con varillas de mora, con el látigo trenzado, ponerlas de penitencia sobre granos de máiz. Salían engrandecidas de cada paliza y se ponían más rebeldes todavía.
“Yo sabía que no iba a servir nenguna” repetía Doña Tiburcia, con toda la razón del mundo; para qué uno va a pecar diciendo lo contrario.
Si no, vealó usté mismo: las que no se metieron a ingeñera agrónoma y andan meta dar órdene de cómo cuidar el campito, tratando de cambiarlo todo como si uno no supiera nada de nada ¡habráse visto! …de pantalone vaquero y camisa -que más parecen una marimacho que otra cosa- todo el día de aquí para allá sobre el trator, trepada a los silo, están las otra: las que se metieron a médica, ¡como si Doña Tiburcia fuera una tonta que no sabía nada! Para mí que esa pena la mató a la pobre mujer, que a pesar de sus noventa y largos años todavía andaba lúcida y fuerte, hasta que cayeron todas estas como plaga de langosta ¡hubiera visto! Como todas estudiaban por demás, iban terminando sus carreras y volviendo al pueblo para sacarle el trabajo a la gente y cambiarle la cabeza a todo el mundo, especialmente a las mamas, que se empezaron a contagiar. Como hongo después de la tormenta, empezaron a brotar por todo el pueblo los consultorio de dentista, los de médica, los de abogada, las farmacia, ¿qué iba ya la Doña a poder vender sus remedios, si la gente comenzaba a dírsele pa’ lao de los consultorios?! ¡todas esas porquerías de la ciudar en el pueblo! ¡hasta ingeñera en costrución y arquitesta salieron alguna!
Pero lo pior de todo, y para vergüenza de mi familia, salió la Isidora: ¡salirnos Gobernadora de la Provincia! ¿¡Una mujer de Gobernadora!? ¡Esto ya, para mí, es el fin del mundo! ¿Dónde se ha visto eso, digamé?
Las mujeres están para atender al marido, los hijos y acostarse temprano para poder madrugar y hacer todo lo que Dios manda, no para andar manejando autos ni empresas, ni nada de todas esas porquerías que se les metieron en la cabeza a estas enloquecidas.
¿Hablar un montón de idiomas? ¿Para qué? ¿Para hablar con las vacas mientras las ordeñan? ¿Estudiar arimética? ¿Para contar los güevos y los pollos?
¡Ah, mujeres eran las de antes! ¡vivían preñadas y atendiendo la casa, el campito y todo lo que hacía falta y jamás se quejaban! Un solo vestidito para salir y otro para la casa. Económicas… ¡que hay que ver! Pero estas otra, parecen salidas de las película del cine. ¿No ve que hasta la Palmira, que tiene más año que arruga se me la descuelga losotro día con que nesita un lavarropa automático? ¡Nueve hijo ha tenido mi madre y lavaba a mano, con agua que ella solita traía del río, piladas así de ropa! Y se bañábamo todos los sábado, a meno que llueva, eso sí.
¡Ay, pero esto se tiene que acabar, porque sino el mundo se va a perder si sigue así! Ahora los hombres le ceban mate a las chinas, mientras ellas están sentadas a la computadora, fumando y tomando café. ¡¿Pero qué me dice?!
Menos mal que mi padre no vio nada de esto que sino, le juro que agarraba a todas estas juntas y les daba una como las que le daba a mi mama cada vez que se mandaba la parte de enferma y las ponía a cumplir con su deber, como Dios manda, ¡qué joder!
Pero ahora, mirelás, nomá: ¡hasta Día Internacional se han mandao hacer! Y todo, porque se lo permitimo nosotro, que le ‘mos dao alas y se han largao a volar alto, como los caranchos. ¡A hondazos limpios las deberíamo bajar, pa´que aprendan!
Y ahora me voy ligerito porque tengo que retirar los chicos de mi sobrina de la escuela y hacer las compra en el super, porque no queda nada en la heladera más que comida para gatos, ¿ve? Ya ni bofe le dan al pobre animalito. Y para qué le voy a hablar de los perros… ¡y las gallinas…! digamé usté que sabe: ¿conoce a alguien que tenga un gallinero en la casa ahora? ¡Y mire la listita de compra que me han dado: yogur descremado, cereales, ¡! leche baja caloría… café sin cafeína… sopa istantánia… ¡todo para estar flaca como palo y no trabajar! ¡Ay, Diosito Santo, esto es el colmo! Mire lo que me ‘bía’notao la Palmira sin que me dé cuenta: “No olvidarte de comprarnos regalito y darnos el saludo por el Día Internacional de la Mujer”
¡Pero qué descaro de la vieja esta! No, si ya lo dijo Doña Tiburcia: “Mala cosa ha’ y ser.” ¡Y mala cosa jué, nomá! ¡Qué se le va’ cer! ¡Qué se le va’ cer! ¡Menos mal que mi padre no está para ver nada de esto, que de no…!
Por el Día Internacional de la Mujer, Círculo del Magisterio, Tucumán Marzo /2006
Ese año maldecido del ´49, me acuerdo clarito que en el pueblo ‘bían nacido -dende el primero de Enero al 31 de Diciembre, justito, justito, que es el día en que nació la Isidora, mi ñeta- esastamente 49 chinitas. ¡Justito 49, ¿no?! No se vaya a creer que alguna se perdió por el camino… usté me entiende… que alguna mujer de las vecinas que tuvieron familia ese año se hubiera hecho “el asunto”… o perdido el embrazo por causas naturale, como dice la partera siempre que alguna se hace el “comu´é” ese que se hacen algunas mal nacida para que no se entere la gente de lo que han andado haciendo cuando se iban pal lao los yuyitos… ¡pero todo se sabe, hasta lo más escondido! Nada se pierde en esta vida chancha. Eso tengaló siempre bien clarito, m´hijo: nada se pierde.
Doña Tiburcia, la curandera, lo dijo cuando se completaron las 49: “Mala cosa ha’ y ser. Muy mala cosa; yo no veo nada bueno en esto de que justo vengan a nacer en un solo pueblo la mesmita cantidar de chinitas que la fecha del año en concurso.” ¡Y no se equivocó! ¡Sabía de mucho Doña Tiburcia, que era una maravilla! Curaba de todo, desde un simple empacho de nada, cáidas de paletilla, embichamientos, mal de ojo, mala suerte, de todo ¡le juro! Hasta sacaba brujerías bien bravas, de esas de magia negra hechas con baba de sapo, tierrita del cementerio y todo. Así que mire usté si la mujer, con semejante cencia que cargaba encima se iba a equivocar. Y si la hubría conocido usté no daba cinco centavos por ella, le juro por Dios y la Virgencita del Valle, anque digan por áhi que no se debe jurar, yo lo hago con la responsabilidá que me da el haberla visto y olido con estos propios ojos y nariz.
Y sí… olido, de oler… porque la Doña no era de lo más limpita que digamos y siempre tenía un olor juerte a humo y a sudor y a yuyos hervidos y a otras partes de su cuerpo suyo sin lavar que usté me entiende ¿no? Menos mal que era bien chiquita la negrita, que de no… hubría sido una peste caminando por las calles y dejando la hedentina detrás de ella. O como cuando dentraba en algún lao para curar a alguno: ¡hasta las arañas se descolgaban de las telas y salían a todo lo que daban sus ocho patitas! Había algún mal nacido que, para no gastar en inseticida la llamaba diciéndole que era para vaya a bendecirle el rancho. Y cuando se iba, no quedaba ni una vinchuca en un kilómetro a la ridonda.
El problema era que tampoco podían dentrar los crestianos hasta que no lo ventilaban bien, pero igual salía más barato que comprar los adroquímico para matar los bichos.
Bueno… se imagina que lo que dijo la mujer se cumplió: de las cuarenta y nueve chinitas nacidas en el ’49, ninguna, ni siquiera mi ñeta la Isidora, salió mujer cabal. A cuál fue más desbocada. A cuál fue más jetona y ladina.
Si le cuento que en el ’55, cuando tenían que dentrar a la escuela… ¡ni una solita se retobó! Estudiaban como locas, no querían ayudar en las casas… ¡se peinaban y bañaban casi todos los días, de no creer!
Pero fueron creciendo y cada vez pior: ¿usté cree que un solo padre pudo tener la gracia que las chinitas estas le cuiden los chanchos, que le den de comer a los pollos, que siembren, que ayuden en las cosechas…!? ¡¡Nada de nada!! Y encima les contestaban: “¡Y vaya y hagaló usté, antes de estar todo el día pegado al catre y tomando mate como esponja!”
De nada sirvió “fajarlas” con el cinto, con varillas de mora, con el látigo trenzado, ponerlas de penitencia sobre granos de máiz. Salían engrandecidas de cada paliza y se ponían más rebeldes todavía.
“Yo sabía que no iba a servir nenguna” repetía Doña Tiburcia, con toda la razón del mundo; para qué uno va a pecar diciendo lo contrario.
Si no, vealó usté mismo: las que no se metieron a ingeñera agrónoma y andan meta dar órdene de cómo cuidar el campito, tratando de cambiarlo todo como si uno no supiera nada de nada ¡habráse visto! …de pantalone vaquero y camisa -que más parecen una marimacho que otra cosa- todo el día de aquí para allá sobre el trator, trepada a los silo, están las otra: las que se metieron a médica, ¡como si Doña Tiburcia fuera una tonta que no sabía nada! Para mí que esa pena la mató a la pobre mujer, que a pesar de sus noventa y largos años todavía andaba lúcida y fuerte, hasta que cayeron todas estas como plaga de langosta ¡hubiera visto! Como todas estudiaban por demás, iban terminando sus carreras y volviendo al pueblo para sacarle el trabajo a la gente y cambiarle la cabeza a todo el mundo, especialmente a las mamas, que se empezaron a contagiar. Como hongo después de la tormenta, empezaron a brotar por todo el pueblo los consultorio de dentista, los de médica, los de abogada, las farmacia, ¿qué iba ya la Doña a poder vender sus remedios, si la gente comenzaba a dírsele pa’ lao de los consultorios?! ¡todas esas porquerías de la ciudar en el pueblo! ¡hasta ingeñera en costrución y arquitesta salieron alguna!
Pero lo pior de todo, y para vergüenza de mi familia, salió la Isidora: ¡salirnos Gobernadora de la Provincia! ¿¡Una mujer de Gobernadora!? ¡Esto ya, para mí, es el fin del mundo! ¿Dónde se ha visto eso, digamé?
Las mujeres están para atender al marido, los hijos y acostarse temprano para poder madrugar y hacer todo lo que Dios manda, no para andar manejando autos ni empresas, ni nada de todas esas porquerías que se les metieron en la cabeza a estas enloquecidas.
¿Hablar un montón de idiomas? ¿Para qué? ¿Para hablar con las vacas mientras las ordeñan? ¿Estudiar arimética? ¿Para contar los güevos y los pollos?
¡Ah, mujeres eran las de antes! ¡vivían preñadas y atendiendo la casa, el campito y todo lo que hacía falta y jamás se quejaban! Un solo vestidito para salir y otro para la casa. Económicas… ¡que hay que ver! Pero estas otra, parecen salidas de las película del cine. ¿No ve que hasta la Palmira, que tiene más año que arruga se me la descuelga losotro día con que nesita un lavarropa automático? ¡Nueve hijo ha tenido mi madre y lavaba a mano, con agua que ella solita traía del río, piladas así de ropa! Y se bañábamo todos los sábado, a meno que llueva, eso sí.
¡Ay, pero esto se tiene que acabar, porque sino el mundo se va a perder si sigue así! Ahora los hombres le ceban mate a las chinas, mientras ellas están sentadas a la computadora, fumando y tomando café. ¡¿Pero qué me dice?!
Menos mal que mi padre no vio nada de esto que sino, le juro que agarraba a todas estas juntas y les daba una como las que le daba a mi mama cada vez que se mandaba la parte de enferma y las ponía a cumplir con su deber, como Dios manda, ¡qué joder!
Pero ahora, mirelás, nomá: ¡hasta Día Internacional se han mandao hacer! Y todo, porque se lo permitimo nosotro, que le ‘mos dao alas y se han largao a volar alto, como los caranchos. ¡A hondazos limpios las deberíamo bajar, pa´que aprendan!
Y ahora me voy ligerito porque tengo que retirar los chicos de mi sobrina de la escuela y hacer las compra en el super, porque no queda nada en la heladera más que comida para gatos, ¿ve? Ya ni bofe le dan al pobre animalito. Y para qué le voy a hablar de los perros… ¡y las gallinas…! digamé usté que sabe: ¿conoce a alguien que tenga un gallinero en la casa ahora? ¡Y mire la listita de compra que me han dado: yogur descremado, cereales, ¡! leche baja caloría… café sin cafeína… sopa istantánia… ¡todo para estar flaca como palo y no trabajar! ¡Ay, Diosito Santo, esto es el colmo! Mire lo que me ‘bía’notao la Palmira sin que me dé cuenta: “No olvidarte de comprarnos regalito y darnos el saludo por el Día Internacional de la Mujer”
¡Pero qué descaro de la vieja esta! No, si ya lo dijo Doña Tiburcia: “Mala cosa ha’ y ser.” ¡Y mala cosa jué, nomá! ¡Qué se le va’ cer! ¡Qué se le va’ cer! ¡Menos mal que mi padre no está para ver nada de esto, que de no…!
Por el Día Internacional de la Mujer, Círculo del Magisterio, Tucumán Marzo /2006