La Espera
--- Ansí que usté dice ser hijo del viejo Adolfo... ---La vieja se incorporó con dificultad a pesar de su escaso tamaño. --- Na´i no lo parece, pues.
Sentí que el rubor me cubría las mejillas con una oleada de furia. Miré al piso y después al sucio techo de la miserable choza, sin contestarle.
--- ¡El viejo Adolfo Stern!... ¿Sabe qué tipo hermoso que era! Se las tráia locas a todas las chinitas... ---rió con una risa cascada de bruja vieja--- ¡y no le decía que no a nengunas!... era generoso el hombre. ---volvió a reír, mientras me observaba de soslayo. --- Claro que ió hablo de cuando era mozo... no de cuando estaba pachucho y pasó a ser “el viejo Adolfo” o “el viejo Stern”, de acuerdo con la confeanza que se le tenía al hombre, ¿no? Pero lo que es usté, no se le parece ni en el blanco delojo, qué quiere que le diga.
Caminó unos pasos y fue hasta un montón de papeles viejos, mordisqueados por las ratas, que tenía arrumbados en el rancho. Hizo una suerte de rollito con un pedazo que arrancó de uno, y lo aproximó a la llama de la vela que tenía encendida en una especie de altar cubierto con un trapo de color indefinido y en donde se amontonaban imágenes de santos irreconocibles; Vírgenes y Corazones de Jesús de todos los tamaños, junto con rosarios y chucherías. Acomodó las flores silvestres -- ya marchitas-- que pretendían decorarlo metidas en un frasco viejo, y se santiguó con respeto.
--- Los fósforos vienen cada vez piores, y más caros. --- dijo en un suspiro, a modo de explicación, mientras encendía el fuego de ramitas debajo de la negra pava, con la llama robada a la vela.
--- ¿Y puedo saber usté, qué busca? No me va decí que ha venío solito pa´contarme que´s hijo del viejo Adolfo y nada más. --- arrastraba las eses, lo que me hizo recordar que la vieja no era tucumana: “...ella ha nacido en la región del Chaco Santiagueño... pero se fue a buscar trabajo pa´l lao del Norte siendo muy chica... siempre fue valerosa y decidida como pocas.”
Volvió a medirme de pies a cabeza con los ojos entrecerrados:
--- ¿Quién li ha dicho que es hijo dél? ¿Y quién es la madre que lo parió? ---Iba a contestar, cuando habló nuevamente--- Yo juraría que usté no tiene nada que ver con el viejo Adolfo. Yo lo conocía muy bien: más que nadies. Más que nadies. Y sin embargo, nunca m´impreñao dél. Ni yo, ni nengunita de todas a las que les ha hecho el favor...
Se rascó con fuerza la cabeza, mientras miraba al exterior como si buscara algo.
Pude observarla con detenimiento, parada al contraluz rojizo del atardecer. Era mucho más pequeña de lo que parecía adentro de la choza. Apenas si alcanzaría al metro sesenta de estatura, a pesar de pararse muy erguida sobre la cadera que caía dislocada, vencida por la edad. El pelo, totalmente blanco, lo llevaba atado en una sola trenza larga que le dividía en dos la recta espalda. Las manos, amarronadas y brillantes, aparecían surcadas por infinidad de líneas parduzcas que les daban un aspecto vegetal. Traté de adivinar bajo esa oscura coraza, deteriorada por los años, a la joven alegre y tibia que era la amante reconocida de Adolfo Stern. El viejo Adolfo.
Como si adivinara mis pensamientos, se volvió y me miró con una extraña mezcla de burla, desprecio y lástima. ¿Por mí o por ella?
--- ¡Jesús! --- suspiró ruidosamente --- Ió no´i nacío vieja y arrugada... ¿sabe? Es más: cuando joven era muy codiciada por lo churita y arisca. Además, bagualiaba como nenguna.--- estiró la cabeza y olfateó el aire agitando las aplastadas aletas con no disimulado orgullo. --- todavía lo hago de vez en cuando ¿sabe? ¡Y muy bien, pa’ que se lo sepa, don!
“Y ió cantaba. Bagualas, chayas, zambitas, vidalas... ¡lo que sea! ¡Ah! Y bailotiaba que era un encanto. Cueca, chacarera, ¡todo! Y los mozos del pueblo – y los no tan mozos también – me miraban hambrientos. ¡Ja! Y ió me los maliceaba y juguetiaba con eios. ¡Los volvía locos, qué quiere que le diga!”--- parecía haber rejuvenecido cincuenta años, y por un instante pude ver a la moza juguetona y coqueta que traía calientes a todos los hombres del pueblo. ---Se calló de golpe, como si hubiera descubierto algo. Me miró con fiereza:
--- ¿Porqué le tengo que contá todo esto a usté? Ni siquiera mi ha dicho quién es, ni quién es la madre que lo ha parío. ---Se dio vuelta a medias para recoger un cigarro de chala, al que arrancó la puntita con los bordes de sus dientes, increíblemente sanos y pequeños, y me quedó estudiando con una mirada aguda, mientras se inclinaba a encenderlo en la titilante llama de la llorosa vela.
--- Me llamo Adolfo, como mi padre –el viejo Stern-- y mi madre es... era... la Marcelina.
Parpadeó como encandilada, como si le hubiera encendido mil faroles dentro de la oscurecida piecita.
--- No sé de quién me está hablando...
--- De la Marcelina: de su hija.
--- Ió no tengo ninguna hija.
--- La Marcelina ha muerto. Y antes de morir me contó todo. Me habló de usted, es decir: siempre me habló de usted... yo me crié soñando con conocer a mi abuela... pero ella se negaba a dejarme venir cuando pude hacerlo solo... no quería darme la dirección... decirme cómo debía hacer para llegar hasta aquí... soñaba con que volviéramos los dos juntos, pero al mismo tiempo tenía miedo. Mucho miedo. Más que nada a dar las explicaciones que le debía... a no encontrarla... a que usted no la reciba... ¡qué sé yo! Miedos...
“Pero un día se enfermó fiero ¿sabe? Y ya no tuvo vuelta: la internaron en el hospital y... la saqué muerta. Yo me crié creyendo que su marido era mi papá, y cuando él se fue y nos abandonó sufrí mucho. Pero cuando me hice grande y pude entenderlo, ella me lo explicó con toda la grandeza y la sencillez con que siempre enfrentaba las cosas que le daba la vida.”

Afuera la noche avanzaba devorando los últimos pedazos de claridad con grandes bocanadas de aire helado. La Luna parecía un farol que alguien arrojara a los cielos buscando claridad.
La vieja se había sentado muy derecha en un desvencijado banquito frente a su improvisado altar y la amarillenta luz de la vela arrancaba destellos de bronce en el pergamino de su cara desprovista de toda expresión.

--- Eia se mandó a mudar sin decirme una sola palabra: ió había ido a trabajar en la casa de los Sánchez: era para la cosecha.... ió cocinaba para todos y me pagaban con plata y encima me regalaban ropa y comida. No nos faltaba nada. Pero se ve que a eia sí le faltaba algo que ió no podía darle. Cuando vuelvo de deslomarme cocinando para sesenta y tantos, eia ia no estaba. Ni siquiera había acomodao el rancho: todo estaba desparramao como chiquero. Salí a rastriarla por todos laos... estrañada por su faltanza, ia que no era chinita de andarse por áhi... nadies sabía nada de nada. Hasta que doña Asunción, la mujer del jefe de la estación, que era una vieja chusma asquerosa que vivía sentada en el andén tomando mate, me dijo: “Na’i qué l’anda buscando a la chinita suia, si se ha tomau el rápido de las siete de la mañana pa´la ciudár. Si io mesma li vendío el boleto.” y se metió riyendo con desimulo en la ofecina del marido. Endispué sacó el cogote por la puerta y rapidito se volvió a guardar, como víbora picadora.
“No podía entender nada: ¿qué le había hecho ió a la chica para que se me la escape así? Cuando llego al ranchito, veo que me había sacado todos los ahorros que tenía para comprar una vaca y un arado... para poder trabajar mejor... para eia ¿sabe? ¡y se me la mandó mudar así! Una cría hijos, pero no corazones, dicen por áhi... y así nomá’ahiser... Me iba a ir a avisarle al padre --que era el comesario-- ¡él la iba a traer de vuelta en cuantito se abaje del tren...! pero no: ¿para qué? él jamás se había ocupao de la hija ni de mí. Vivía priocupao de que no se entere su mujer ni los copetudos de sus hijos legales: “¡Huyy! el señor sabía tener una hija fuera de su familia!” “¡Y con la bagualera!” --- agitaba las manos alto en el aire como espantando a la gente--- Y él que se portaba como un prócer de las estuatuas... entonces... me quedé solita, esperando que volviera... o que me escribiera... porque ió sé leer ¿sabe? No como una dotora, pero me defiendo. Hi ido a la escuela hasta... tercer grado, creo. Tenía que trabajar en el cerco y me cansaba mucho como para poder estudiar. Me quedaba dormida en la clase y la plata no alcanzaba para comprarme los útiles. Quería ser maistra, pero... ”
“Y de la chica, nada. Nunca me enteré ni sola una palabra de eia. A veces me despertaba en medio de la noche oiéndola iegar... parecía que los perros también la esperaban y creían lo mismo, porque empezaban a toriar saludando y bajaban al camino. Io nomás los oía y salía corriendo a encontrarla... pero nada... nada de nada... ¡años y años esperándola! Estaba pendiente del tren... me iba a la estación y esperaba... para que la bruja de la mujer del jefe no se me lo burle, empecé a ir a vender rosquetes, empanadillas... y pasaba los días en el andén, pendiente de los trenes que iegaban de todos lados esperando verla bajar de alguno. Dispués, cuando abrieron la Terminal de ónibus, esperaba también los micros, como le dicen... Hoy, cuando usté iegó, --y a pesar de los años que han pasado-- io estaba esperándola a eia todavía”.
“Y ahora usté viene, se me lo aparece bajándose del tren, me iama por mi nombre y me dice lo más Pancho que es el hijo del viejo Stern. Y dispués, como cosa requete sabida, que no espere más... que es el hijo de la Marcelina... y que eia está... está muerta... ¿cómo es eso... diga? No me entra en la cabeza, qué quiere que le diga. Son demasiadas cosas para una mujer de mi edar, que se ha pasado la vida esperando... esperando volver a ver a su hija.”

Sentí una ternura inmensa por esa pobre anciana perdida en medio de la soledad de las montañas, esperando toda su vida el regreso de una hija que jamás volvió. Tuve deseos de abrazarla, de besarla y de llamarla abuela. Metí las crispadas manos en los bolsillos del pantalón y clavé la vista en el piso. Carraspeé varias veces, intentando encontrar mi voz, que me había abandonado. Con algo que más parecía un silbido entrecortado, empecé:
--- Ella la quería mucho, ¿sabe? Mucho... por eso se fue... no quería hacerla sufrir... siempre deseaba volver y cuando la abandonó su esposo estuvo a punto de hacerlo. Pero tenía vergüenza y miedo, como ya le dije. Estaba muy orgullosa de usted: siempre me contaba que su mamá era muy alegre, que cantaba muy bien, que bailaba como una reina, que trabajaba como nadie.
--- ¡Si habrá sido zonza m´hija que nunca conoció a su propia madre! ió le hubiera perdonado cualquier cosa... ¡si era todo lo que tenía en el mundo! Por lo otro... ¿quién era io para enojarme que sea madre soltera, cuando eia nunca pudo enterarse de quién era su padre?--- su voz era un murmullo tembloroso, apenas inteligible.
--- No había mucho para perdonar: era una niña asustada –tenía apenas catorce años-- y el viejo Stern la venía violando desde hacía dos cosechas; cuando usted iba a trabajar, él venía y la ensuciaba y se iba lo más tranquilo. Ella sabía lo que usted sentía por él y tenía miedo que le echara la culpa de todo y se enojara con ella, por eso mantenía silencio. Entonces decidió escaparse sin decirle nada. Estando en Buenos Aires se enteró que estaba embarazada. Trabajaba de mucama en la casa de un matrimonio de médicos que no tenían hijos. Fue la doctora la que la revisó cuando se descompuso la primera vez. Entonces ella le mintió diciéndole que su padre la había echado de la casa porque estaba embarazada de su novio, que también era menor de edad, que el muchacho se había escapado, dejándola sola... ¡qué sé yo! Inventó una historia y se la creyeron: buena gente, gracias a Dios, que decidieron ayudarla en todo sin más explicaciones ni preguntas.
“Entonces la doctora y el doctor la ayudaron; casi diría que la adoptaron. Cuando nací, me cuidaron como si fuera un hijo de ellos. Cuando mi mamá se casó, no pudo sacarme de su lado: no tuvo corazón para separarnos, porque yo estaba muy encariñado con los dos y ellos conmigo. Fue así que me dejó en la casa, y como siguió trabajando ahí, nos veíamos todos los días. No tuvo más hijos, no porque no quisiera sino porque el marido tenía un problema. Nunca supe qué. Yo tuve mucha suerte: los patrones de mi madre –podría decir mis padres adoptivos, aunque ellos jamás lo legalizaron-- me hicieron estudiar y vistieron de lo mejor; me mandaron a los mejores colegios, a practicar deportes en los mejores clubes... Cuando me recibí de médico, les dediqué mi título. Para entonces, ya mi mamá estaba internada con mal pronóstico.
“Esperó a ver que me graduara para descansar en paz.”
“Pero antes de morir, me pidió que la buscara, que le contara cuánto la quería y que la llevara a la ciudad a vivir conmigo o me quedara con usted. Me hizo jurarlo: ---Quiero que vayas allá y te encargues de mi madre, tu abuela. Que le digas que muero pidiéndole perdón si es que la hice sufrir. Que la quiero y la extraño cada día más. ”

La mujer quedó con la vista perdida en el vacío, parecía no haber escuchado ni una palabra de lo que dije. Se paró con lentitud dolorosa y dando una profunda pitada al chala, lo arrojó a la noche con un hábil golpe de sus sarmentosos dedos: por unos segundos, pareció una estrella errante volando al ras del suelo. Describió un círculo en la oscuridad y se arrastró unos pasos, dejando tras de sí un chisporroteo de claridad hasta quedarse quieto. Sólo una débil luz con la quietud de la agonía.
Observamos en silencio el recorrido del pucho, como si fuera lo más importante en aquella noche y en esas soledades. Sin volverse, se envolvió en el chal y dijo con una voz desconocida, grave, profunda. Preñada de orgullo:
--- ...Así que tengo un nieto médico... así que tengo un nieto médico.
Volvió a sentarse frente al altarcito, se quedó un rato mirando las pobres estampas en silencio, limpió alguna suciedad del Sagrado Corazón allí entronizado, suspiró hondo y, cuando volvió a hablar, parecía haber perdido toda su fuerza.
--- ¿Y no pudo hacer nada usté ni los otros dotores para que mi hija no se me la muera?
--- Era irreversible. Luchamos todo lo posible, pero no pudo ser. Era mi madre y puede imaginar cómo peleamos para salvarla... pero no pudo ser.
--- ¡Chinita estúpida! ¡Venir a irse lejos de su mama porque un mal nacido se limpiaba sus imundicias en ella! ¡y tener miedo de decírmelo! ¡A mí, que no tenía cosa más grande que eia en la vida! ¡Iá lo habría dejado morirse de viejo de haberlo sabido ió!
Cruzó con furia el raído chal sobre sus enjutos hombros, que parecían haberse empequeñecido hasta minimizarse en aquellos momentos.
--- ¿Sabe? --- su boca se extendió en una casi olvidada sonrisa. Quedó mirando a lo lejos, como si todo el pasado estuviera allí, en esa noche helada que seguía avanzando indiferente.
--- Era la chinita más bonita que usté se pueda maginar. Y siempre andaba cantando, contenta. ¡Y muy buena alumna! Viera la libreta que me traía! Siempre pasaba a la bandera... eia iba a ser la maistra que io no’hi podido ser. Por eso nunca hi podío entender qué viento la sopló lejos de mi rancho... de haberlo sabido... ¡lo hubiera hecho matar a golpes al viejo sotreta ese por el comesario, y la habría tráido de vuelta, como a una reina! Pero Dios hace las cosas como solito Él lo entiende. Y así nomás áhi ser, porque deno´, mire usté, m´hijito: en esta miseria ¿qué hubiera sido? En cambio... siguiendo los desiños del Señó, es todo un dotor...¡un dotor! ¡Gracias, Dios mío! ---Su voz se quebró y el pecho comenzó a agitársele con fuerza. La aferré por los hombros y la apoyé contra mi corazón. Su cuerpecito ingrávido parecía flotar entre mis brazos. Sentí su olor a humo y a monte, a sol y a tierra mojada y besé con ternura sus cabellos blancos.
Apretó mis manos contra su corazón. Sus manos eran secas como la tierra que la rodeaba. El brillo de sus ojos cobró un fulgor lejano: parecía estar viendo otros paisajes, otros rostros. Estar bajo el calor de un sol que nunca podré descubrir, que no podría ya compartir.
--- Mi nieto... el dotor... ¡si viviera la vieja Asunción! ¡se moriría de envidia eia, que tanto palanganiaba! Tiene un montón de inservibles que andan dando tumbos, perdidos en su propia vida... ¿sabe, m’hijito? Mi Marcelina ha vuelto en usté, y ahora esta vieja ya puede volver a cantar como cuando era moza y los golvía locos a todos los hombres...
“Adolfo... ansí que así se iama m´hijito... semejante honor para el sotreta ese... venga y déle un gran beso a su agüela, mi Adolfito... ¡la pucha! Si tiene los mismos ojitos de la sinvergüenza de su mama... ¡chinita zonza! Perdernos la vida entera por no querer abrir la boca... ¿¡dónde se ha visto éso!?”
Me dio un beso seco, sonoro, en la mano derecha a la que sostenía con sus dos manos de pergamino y musitó un canto que se quebró en el silencio de la noche como una copa cayendo en el vacío:
---... ha vuelto mi niña niña, que una mañana... ...se me... había perdido... en la montaña.. mi niña... bella...




Ensayó un suspiro de vuelo de paloma y aflojó la presión de sus manos cuando su mirada se volvió un lirio de cristal crecido entre las sombras.