La Dolores
Tengo miedo. Hay seis tipos parados ocupando toda la vereda, pero igual voy a pasar. Una mujer no se puede confiar en estos días ¡bah! Eso decimos las mujeres de mi generación, pero también lo decían las de ayer, las de anteayer, y lo dirán las de pasado mañana.
Realmente este mundo fue siempre hostil para las hijas de Venus; ser bella es un estigma, es algo que te hace más mal que bien. ¡Ni qué decir en mi caso!
Ahí está de nuevo el rubio grandote ése. Usa siempre camisa azul, debe ser por lo bien que le quedan a sus ojazos de color de cielo. A veces lleva esos cuellitos altos que le sientan divino. ¡Pero si vieras cómo me presume! ¡De no creer! Y no lo disimula para nada: me sonríe abiertamente, me cede el paso –seguro que para verme de atrás—pero se hace el gentil, el muy zorrito. Los otros días, cuando llovía, me ofreció su brazo para cruzar la calle y me protegió con su paraguas. Todavía, al despedirse, se dobló a la mitad para poder besarme. ¡Estaba tan asombrada que ni siquiera pude cruzarle la cara de una bofetada –como corresponde a una dama—por su tremenda osadía! ¿Con quién se creerá que está tratando el desubicado éste? Yo, Dolores de la Sagrada Encarnación Martínez Miranda y Pérez, soy una mujer de mucho respeto, no una de esas tilingas que andan provocando tipos por ahí. Y vos viste, ¡vos viste! Cómo me visto: clásica, recatada... Sin embargo no puedo salir a la calle sin que los hombres me devoren con los ojos. Es mi karma. Siempre fue así. Siempre.
Recuerdo que a los ocho años me mandaron a aprender danzas españolas; el profesor, Juanillo, era moreno, saltarín y lleno de voladitos. Un mal día me toqueteó toda. Volví llorando a casa y se lo dije a mis padres. No me creyeron, encima me hicieron recagar por calumniadora. “Ese señor es todo un santo,” decían. “Es muy cariñoso, eso es,” decían también. Pero, a partir de ese momento comenzó a llevarme y esperarme en las clases mi madre. Quedaba sentada en el salón, trabajando en alguna labor. Me seguía con la mirada llena de orgullo y cuando realizaba algún pasito que le gustaba, su sangre gallega la traicionaba: arrojando al aire su crochet, aplaudía a los gritos de “¡olé, olé, por mi niña!” Yo sentía que me ponía toda colorada -- bermellón—pero me gustaba y aumentaba los floreos, haciendo que su entusiasmo alcanzara el paroxismo. Recuerdo la envidia que les daba a las muertas de mis compañeras y a sus madres que, para disimular, reían como si les hicieran cosquillas... ¡A lo que llega el ser humano cuando se siente inferior!
Madre, muy preocupada por mi futuro artístico, solía quedar largas horas después de clases hablando con mi maestro. Yo aprovechaba y, juntando dos sillas, hacía una siestecilla. Regresábamos a casa alrededor de las nueve de la noche, antes de que padre cerrara la verdulería. Lo que aún hoy no logro comprender es porqué siempre decía lo mismo: “que estaba agotada, que volver a casa a las cuatro de la tarde con ese calor, la estaba matando...” “pero todo fuera por la felicidad de su niña, cuyo único sueño era ser bailaora”. Cuando alguna vez la interrumpí para preguntarle para qué servía éso, me atravesó una rosquilla entera en la boca.
El drama que se desató el día en que mi padre –preocupado por el trajín que mis estudios acarreaban a mi santa madre—decidió ser él quien se encargara de llevarme y traerme, llevaría mucho contar, razón por la que lo abreviaré diciendo que esa sacrificada mujer lloró, pidiendo perdón por haberse quejado de sus obligaciones de madre y elevando sus brazos al cielo, pidió al Creador que, por su maldad no fuera a quitarle su única flor. Se arrancó la mantilla de los hombros y, envolviendo en ella sus cabellos, gimió: “Esposo mío... Perdón, ¡perdón!, por pretender poner mi carga sobre tu cruz... Olvídalo, olvídalo, ¡por tu madre te lo imploro!... Seguiré, fiel y abnegada, cumpliendo firme con todas las obligaciones que como esposa y madre me corresponde...” ¡Ay, ésas son mujeres!
Llegadas las vacaciones, esa santa – a la que Dios guarde en su Gloria—me llevaba dos y hasta tres veces por semana a la cerrada academia para que no perdiera flexibilidad, y, mientras yo hacía a solas algunos ejercicios que el Juanillo me indicaba, ellos dos se iban a la piecita del fondo a preparar no sé qué cosas para el próximo año.

Mis cabellos --¿recuerdas?—eran de un rubio casi blanco; mis mejillas nunca precisaron rubor, ya que de natural son teñidas de rosa. Pese a que desde muy niña usé anteojos, el verde intenso de mis ojos encandiló a más de uno en este mundo. Esto no es de extrañar, dado que padre y madre tenían esos mismos colores. Lo raro fue cuando nació mi hermano Juanillo: delgado hasta las lágrimas y moreno como un moro. Mi madre, arrobada y orgullosa de su retoño, explicaba a todo el que quisiera saberlo, que era idéntico a un tío político suyo que luchara en el norte de Africa. Un honor en su familia, ¡el héroe soñado! ¡y mi oscuro y diminuto hermano era un calco de él! ¡qué cosa tan buena! Y mi padre, que nunca había oído de este prócer familiar, corroboraba esta historia y contaba anécdotas del querido tío moro Juanillo... una duda de toda mi vida: ¿porqué se llamaba así siendo que no era gallego...?
Eran famosas en el inquilinato las peleas de mi santa madrecita con la italiana de la pieza 24. Se batían a escobazos limpios por un “quítame allí esas pajas”. Aunque las más de las veces era mi raíz la que vencía, no eran pocas las que mordiera el ignominioso polvo de la derrota.
Esta situación fue en aumento el día en que la buena mujer – que también llevaba a sus gemelas a la famosa escuela de danzas—tuvo otra niña, tan negrita como mi hermano y con su mismo pelo ensortijado y renegrido, tan distinta a sus hermanas –cinco nenas rubias y pelirrojas—que tuvo ella, a su vez, que salir a contar que también había sabido tener un tío moro que había vivido en Venecia. Bueno... del famoso “Moro de Venecia” no creo que se tratare, pero deben de haber miles.
Recuerdo también el día en que Juanillo –bailarín—desapareciera del barrio, según comentarios de vecinas que nunca faltan, huyendo de los acreedores. ¡Señor! ¡Qué madres eran las nuestras! ¡Tan enfrentadas estuvieron siempre y ahora, preocupadas por los estudios de sus hijas, revolvían cielo y tierra en busca del desaparecido maestro! Abrazadas, lloraban a gritos ante cada nuevo fracaso. Que el Padre las guarde en el mejor sitio del Paraíso, ¡amén! Mujeres decentes eran las de antes, no como éstas de ahora que andan semidesnudas o enfundadas en esos pantalones escandalosos y metiéndose siliconas por todas partes. ¡Adónde iremos a parar, Señor!.

Llegó la secundaria. Yo era de las más altas. Bueno, era más alta que Maruja y Felicitas. A ésta le llevaba casi dos dedos. Y tenía más busto que todas ellas juntas. Tanto me envidiaban que me llamaban “la gallega vistosa”.
Por esa época -- catorce años, más o menos – tuve mi primer novio, al que dejé porque sólo quería acariciarme las tetas y algo más, si podía. Con todos pasé por lo mismo, por eso un día juré no volver a noviar más.
Las chicas del profesorado de historia me aconsejaban bajar de peso, pero nunca fui gorda. Rellenita, sí, pero gorda jamás... ¡envidiosas!... si se hubieran dado cuenta de la desesperación con que sus novios me miraban el trasero y la delantera, se habrían quedado duras ahí nomás. Los muy puercos se contentaban con rozarme al pasar, ya que más no les dejaba hacer.
¡Pobres flacas ciegas! Se fueron casando todas, pero yo defendí mi preciada libertad contra todos los libidinosos del mundo.
Conseguí mi primera cátedra en una escuela de varones... ¡Para qué!: ¡todos se enamoraron de mí! Cuando me agachaba por algo, los muchachos estallaban en suspiros y gemidos. Me enderezaba, fruncía el ceño y un “¡señores!” con aire digno, apaciguaba los ánimos.
Recuerdo al viejo lascivo de geografía de tercero, que cada vez que podía me tocaba. Ponía tal cara de santo que no podía reclamarle nada y me quedaba hirviendo de rabia. ¡Lo hubiese ahorcado con mis manos! Siempre fue igual. Siempre.
Hoy vino Clarita, la nieta de Juanillo –mi hermanito—a pedirme que le cuide al nene, porque necesitaba operarse de no sé qué cosa. Le dije que no. ¡No soporto a los chicos! Me producen un terror sordo que no te cuento. ¡Que lo deje en una guardería o qué sé yo!... ¿Qué se creerá ésta?
Te diré que el médico me dijo que baje, por lo menos, cuarenta kilos. ¡Está loco! ¡Voy a quedar famélica! Y que camine mucho. Bueno, yo camino desde casa al colegio y desde el colegio a casa, para ahorrar el pasaje. Son cerca de setenta cuadras, pero la situación no está para derrochar, ¿no?... Además, desde que descubrí al rubio ése cerca de la Iglesia, desvío cuatro cuadras para pasar por ahí y poder verlo... ¡porque está tan rico!... Nunca me gustó tanto alguien... ¡es tan audaz! Debe andar por los treinta años. Algo menor que yo, pero en el amor todo se empareja. Seguro que es maestro o algo así. Es una pena, con lo poco que ganan los maestros ¡como para intentar una relación seria! Pero es tan hermoso. Y me besó. ¡No puedo olvidarlo!

¡Qué desilusión! Parece que es casado: al pasar junto a él, unos muchachos le dijeron “¡chau, padre!”. Tampoco debe ser tan joven: los chicos tendrían al menos catorce años. Debe ser como yo, de los que no demostramos la edad.
¿Qué intenciones tendrá el caballerito este? La próxima vez que se me acerque, se lo pregunto de frente. Estoy harta de vivillos, de tipos casados—solteros.
Me las va a pagar el rubito: en la primera oportunidad que tenga, voy a preguntarle por su señora, a ver qué cara pone. Una no se puede confiar en nadie hoy. ¡En nadie!
¡Y esos seis de la vereda!... Mirá cómo se abren en abanico para verme pasar. ¡Pero no se animan a decirme nada! Los miro uno a uno a la cara, como un general revistando tropas; “buenas tardes”, seca, tajante. Responden a coro: ¡Buenas tardes, señorita! Así me gusta. Desde que violaron y mataron a esas estudiantes de 16 y 18 años, tengo un poco de miedo. He comprado una pistola y la llevo con el cargador puesto en el bolsillo exterior derecho, cosa de sacarla disparando.
¡Pobre Juanillo, hermanito mío! Desde que falleció, hace seis años, quedé tan sola... Desde entonces se me acentuó la costumbre de recordar en voz alta. ¡¿Qué me importa estar sola?!
La víbora de mi cuñada y sus negras hijas sólo se acuerdan de mí cuando necesitan algo. Viven pendientes de mis ahorritos, mis casas, mis joyas. ¡Para lo que los gozarían las ordinarias estas, que sólo viven para ellas!
La mejor manera de burlar sus ambiciones es tomar una decisión y casarme de una buena vez. Les daré personalmente la noticia y les pediré que estén todas para recién hacerlo.
¡Será para filmar!
Don Carlos, el carnicero, siempre me dice --y delante de su mujer—que si le doy el sí, se casa hoy mismo conmigo. Y la idiota se ríe como si se lo dijera en broma. Incluso los otros días le advirtió que no se descuide, que un día de éstos le envenenaba la sopa, ¡y la ilusa se reía bobamente! A mí eso me eriza toda: siempre me produjo terror despertar esas pasiones tan violentas. Pero te consta que no hago nada para alentarlas. ¡Dios me libre de hacerlo!
Y te cuento que don Carlos recién tiene cuarenta y dos años y, sin embargo, dice a los cuatro vientos que está loco, loco por mí. Y eso que no te cuento de otros más –que me reservo—porque si algo tuve siempre fue el ser calladita, no como otras que se pavonean de sus conquistas... ¡Con decirte que no me gusta ni ir al médico, porque siempre toca más de lo debido!

¡Dios mío, qué difícil es ser bella y mantenerse casta!
Estoy tan cansada de esta lucha...
Sí. Estoy decidida: me casaré. Dejaré de ser tan selectiva. No es fácil hallar un hombre con mi mismo nivel, pero creo que ya tengo edad como para estabilizarme y dejar de andar enloqueciendo adanes por ahí.
Además, mirándolo bien, el próximo diecisiete cumplo mis primeros ochenta añitos, y, aunque aún estoy bella y deseable como siempre, va siendo hora que piense un poco en mi futuro; más aún, con las cosas que pasan, una necesita a su lado a un hombre joven y fuerte que la proteja. ¿No te parece, Dolores...?