Sólo un Sortilegio
SÓLO UN SORTILEGIO



La joven era una flor más en medio de las que brotaban entre las piedras que bordeaban el claro arroyo que bajaba desde las altas cumbres saltando entre las breñas. Trenzaba con cuidado su empapado pelo negro renegrido, uniéndolo en una sola trenza que lanzaba reflejos azules, violáceos, blancos, jugueteando con el sol y los destellos de la helada agua. Sus labios cantaban dulces una vieja canción de amor cuyos orígenes se perdían en los tiempos. El viento le hacía eco y llevaba su voz hasta las cercanas nubes, quienes la repartían por todo el valle, derramándola como una suave llovizna bienhechora.

Cubriéndose los ojos con la mano a modo de visera, volvió la cabeza al sentir la presencia junto a ella. Primero pensó –no sin asombro por la soledad y la altura—que se trataba de un niño, pero al enfocar mejor la vista supo de quién se trataba. Una voz como de trueno derramándose por la montaña, le dijo:
--- Venite conmigo, chinita, y serás una reina.
--- No quiero ser reina --- respondió con voz coqueta, pero segura--- las reinas son prisioneras de su reino y yo quiero ser libre como urpilita del monte.
--- Si no te venís conmigo ---amenazó--- te vuá cortar las piernas, para que no podás ser libre jamás.
--- ¡Pa´ lo que me importa! Con que tenga las mano para hilar.
--- ¡Te vuá corta´ las manos!
--- ¿Y di háy? Si puedo ver los pájaro, oírlos cantar, cantar yo…
--- Te vuá reventa´ losoído, te vuá pincha´ losojo…
--- Me queda soñar, y eso no me lo vas a poder quitar.
Y diciendo esto le arrojó una piedra al duende, que furioso atrapó al viento que pasaba, lo apretó en su puño hasta domarlo --dejarlo sumiso como una brisa – y lo soltó de golpe, convertido en un indomable vendaval, sobre la niña que cayó al suelo y comenzó a rodar sin fin por la ladera.

Las carcajadas del duende cubrieron el ruido del viento cuando se inclinó sobre la indefensa y lacerada joven que sollozaba arrepentida su desobediencia al subir sola a las cumbres.

La gente del pueblo, armada con palas, picos, garrotes y antorchas acompañaban a los desesperados padres que buscaban a la muchacha extraviada en los cerros, cuando se encontraron con la vieja mendiga loca, cubierta con el ponchito de aquélla, que balbuceaba frases incoherentes y los llamaba llorando a gritos.
--- ¡Tiene olor a chiquero podrido y todavía está preñada…! ¡Hay que tener estómago pa´ encamarse a una sucia así!
--- Y… debe ser del Curupí… él sí que no le hace asco a nenguna.
--- Ma´bé si se callan y siguen buscando a esa pobre chica. Y dejensé de joder con eso del Curupí y el Curupí. ¡Esas son macanas de vieja pa’ cubrir la preñez de las chinitas!