Tema de Amor
TEMA DE AMOR


Casimiro conoció a Cándida en el baile de Primavera del Club de Jubilados. Le impactó la gracia y alegría con que ella danzaba, entregada cual una virginal adolescente en los brazos de su amigo, el ex Comisario Monzón. La siguió con los ojos y con el alma por todo el salón, mientras ella giraba y giraba sostenida por su arrogante compañero, erguido como si estuviera empalado.
Comenzó a sentir celos de ese energúmeno pretencioso que se creía rey de la danza.
En un momento dado, se acercó a ella para invitarla a bailar. Lo aceptó riendo a carcajadas, con una coquetería increíble que dejaba ver una doble hilera de dientes blanquísimos, redondos y perfectos. Cuando aproximó su rostro al de ella, pudo ver sus ojos: ¡azules!
Cuando ella aceptó salir con él, “ir a un lugar reservado, para estar más cómodos”, sintió el éxtasis del sueño cumplido.
En el motel al que los llevó el tachero, se sentía torpe e inexperto por tanta ansiedad. ¡Él! Que durante toda su vida le había bajado la caña a cuanta mina se le cruzaba, sin importarle condición, estado civil, estado físico, color o peso.
Intentando cerrar la puerta, golpeó sin querer el brazo de ella haciéndole caer la carterita de las manos. Al tocar la alfombra, ésta se abrió y un frasco de Corega salió disparado, alcahuete, delator. Con desilusión pensó en los bellos dientes de su amada: ¡postizos! El filósofo que vivía en él le susurró muy dentro: “¿y qué querés, Negrito? Ya no tiene veinte abriles”
Se tendió desnudo sobre la cama, esperando con ansiedad que ella saliera del baño. ¡Ni falta que le hacía el viagra! Pensó acariciando orgulloso su miembro con una decorosa erección. Cándida entró a la piecita hablando sin parar. Tropezó con la cama, y comenzó a reír de su propia torpeza.
--- Espero no seguir chocando con todo cuando me operen de las cataratas.--- dijo, mientras se quitaba el corpiño con prótesis mamaria y se desabrochaba la ceñida faja que aprisionaba la hernia ventral.
Casimiro vio con desesperación cómo su compañero de toda la vida se encogía sin poder evitarlo. Cándida, sin decirle nada, con su eterna sonrisa mostrando los dientes de auténtica porcelana, buscó en su bolsito y extrajo una pastillita de color azul, con forma de sarcófago y se la ofreció diciendo:
--- Siempre las traigo conmigo. Una no sabe cuándo puede necesitarlas. Los hombres son reacios a reconocer que la necesitan, pero la edad no viene sola.
Casimiro tomó obediente la viagra, pensando en los ojos soñadores de su amada, suavemente entornados, azules por las cataratas.
El filósofo cínico que vivía dentro de él, repitió: “Ma´sí, Negrito: ya no tiene veinte abriles”
Sonrió y se dedicó a hacer un inmenso acto de heroísmo, ayudado por la pastillita de color azul, como las cataratas que azulaban los ojos de la dulce Cándida que ahora le contaba, sin omitir detalle, la historia de sus diecisiete operaciones y sus tres finados maridos.
“Ma´sí… ya no tengo veinte abriles”… suspiró antes de darse vuelta en la cama y quedarse profundamente dormido, ante la miope mirada desconcertada de Cándida, que no entendía porqué los hombres actuaban todos iguales.
Encogiéndose de hombros, se acomodó lo mejor que pudo en la cama, y comenzó a roncar inmediatamente.
¡Ah, qué lindo bailar como cuando tenía veinte abriles! Pero ya no los tenía más que en el alma, así que…