Época de Crisis
Aquel atardecer de agosto, Marcelo, --cansado de buscar infructuosamente una salida—decidió tomar el camino contrario. Cuando lo comentó en la mesa del bar, a los muchachos les cayó como una bomba.
--- ¿Vos vas a ir en contra de todo lo que has hecho y dicho hasta ahora...? --- La voz del Gordo Romero sobresalió atronadora entre todas.
--- ¿Y qué es lo que has pensado hacer? --- El Petaca Bracamonte lo miró incrédulo durante un largo rato antes de conseguir hilvanar la frase.
En ese momento el Moto Riera –que hacía las veces de barman, mozo y bandejero, todo en uno—largó en medio del grupo una bocanada de humo hediondo y espeso que, después de haber atravesado –no sin dificultad—lo poco que quedaba de su aparato respiratorio, revolvió las tripas de todos. Pasando un trapo inmundo por la mesa, preguntó secamente:
--- ¿Qué...? ¿Te va’ a volv’ puto ahora...?
Primero fue un echarse atrás en las sillas –un poco para escapar del olor, otro poco por la sorpresa--; después un rápido –rapidísimo—intercambio de miradas, a las que Marcelo, abriendo los brazos en cruz y dando un grito puso fin:
--- ¡Eh...! ¿Pero qué se han creído?!
Las risotadas cubrieron el áspero sonido con pretensiones musicales que salían del engrasado equipo de audio.
---¡Ah! ¡yo también pensé en eso!
La ronca voz del Turco consiguió que las atronadoras risas se volvieran interminables. Marcelo, rojo como tano en vacaciones, se balanceaba en la silla mirándolos uno a uno con cara de “santa paciencia”.
En medio de ayes, resoplidos y lágrimas, fueron calmándose, aunque de vez en cuando a alguno volvía a atacarlo, tentándolo traicionera, la risa.
Suave, casi femeninamente, tratando de controlar los espasmos, el Gordo Romero trató de explicar hipando:
--- No es por vos, flaquito... Es el Moto, ¡qué hijo de puta! ---se ahogó, sacudiéndose como poseso--- ¡y el Turco que la remata!
Nuevamente la hilaridad colectiva, envuelta en pañuelos moqueados generosamente.
Con un gesto de cansancio, Marcelo bebió lo que quedaba de su vaso de agua y se paró, dispuesto a marcharse.
--- ¡Eh, no seas calentón! ¡No te vas a enojar ahora!
Varias manos lo frenaron, obligándolo a sentarse nuevamente.
--- Bueno, está bien... está bien... escuchemos cuál es la idea--- apaciguó el Flaco Aguja.
Todavía se resistió un buen rato antes de empezar, o, mejor dicho continuar, la conversación. El Moto dejó la máquina de café, colgándose su inseparable trapo roñoso en la cintura, y se acercó para no perder detalle de sus palabras.
--- Lo que pasa es que estoy podrido... ¡repodrido! La guita no alcanza ni para... ¡qué sé yo...! ¡Nada! ¡Nada!
Los otros admitían con cabeceos, observaciones, monosílabos.
--- Entonces, voy y me doy cuenta que todo lo que venía haciendo hasta ahora no sirve de nada. ¡Cada vez estoy peor...! ¡Mejor dicho: ESTAMOS PEOR!!
Remarcó el “estamos peor” como si estuviera en pleno acto eleccionario y los muchachos del café fueran sus electores. Los gestos aprobatorios crecieron.
--- ¿Y entonces...?
El Anguila con Hipo estaba verdaderamente interesado y, a pesar de no pertenecer al grupo, había acercado su silla a la rueda, a ver si lograba cazar alguna idea productiva.
--- Entonces, estoy seguro, lo que voy a hacer es, --dos puntos--: primero, vender el puesto de diarios; total, entre los informativos de la radio y de la tele y la malaria, ¡ya nadie compra un joraca! No se olviden que yo trataba de mantenerlo a toda costa, pero ¡no va más! ¡no va más!... Y con la guita que me den, voy a comprar una computadora con una impresora y todo y hacerme mi propio diario.
Los otros se miraron asombrados: nadie entendía nada. El Gordo “salt” primero:
--- ¡Pará, pará la chata, negro!... ¡Pará! Decime, vos te cr’s que con el puesto de mierda que tenés, si lo vendés te va a’ lcanzar para comprarte una computadora con la impresora – que ni siquiera sabés escribir a mano –- y querés hacerte tu propio diario... eh... ¡rajá!... ¡La crisis te ha rayao, hermano! ¡Andá a hacerte ver de la azotea, vos!
--- Pero, ¿porqué no me dejan terminar de explicar mi idea, y después hablar? ¿ah? ¿Somos o no somos civilizados?---
Miró a sus interlocutores antes de continuar.
--- Yo no tengo que saber leer ni escribir para tener un periódico... ¡querido! Yo, voy y le pido al mozo de “Los Cuatro Ases” todos los diario’, les copio lo que me’ nteresa, armo el mío y lo vendo a la mitar de lo que vale el Clarín –por decir alguno-- ¿ven...? ¡Áhi está el negocio! ¿riesgo? ¡cero! ¿gasto? ¡mínimo! ¿entienden? --- Se echó atrás en la silla con aire triunfal, mirándolos a la cara a cada uno.
Una lluvia de cachetazos le cayó encima, cerrando a modo de aplausos su exposición.
Todos se levantaron ruidosamente, abandonando el local y dejando a Marcelo sentado solo a la mesa, explicándole al aire su idea salvadora.
El Moto Riera volvió a pasar su trapo sobre la mesa y, envolviéndolo con su fétido humo le dijo, mientras lo miraba con cara de conocedor:
--- Mirá, Marcelito: vos tendrás más pelos que si te hubieran tejido, hermano... Pero sos alto, grandote y aunque gordo y jorobado... ¡bueno!... Con una buena depilada, unos tacos y una peluca rubia, ¡zafás! Yo sé lo que te digo, mirá: vos, de día, seguí trabajando el puestito. Por lo meno’, e’seguro. Pero de noche, ¡mirame a mí! ¡mirame bien!... porque—lo que’s de noche-- a mí no me vas a conocer... Y sí... de algún modo hay que peliarla: si el pecho no te alcanza para ponerlo contra la crisi’, ¡Ponele el culo, hermano, ponele el culo! ¡qué se le va’cer!.
--- ¿Vos vas a ir en contra de todo lo que has hecho y dicho hasta ahora...? --- La voz del Gordo Romero sobresalió atronadora entre todas.
--- ¿Y qué es lo que has pensado hacer? --- El Petaca Bracamonte lo miró incrédulo durante un largo rato antes de conseguir hilvanar la frase.
En ese momento el Moto Riera –que hacía las veces de barman, mozo y bandejero, todo en uno—largó en medio del grupo una bocanada de humo hediondo y espeso que, después de haber atravesado –no sin dificultad—lo poco que quedaba de su aparato respiratorio, revolvió las tripas de todos. Pasando un trapo inmundo por la mesa, preguntó secamente:
--- ¿Qué...? ¿Te va’ a volv’ puto ahora...?
Primero fue un echarse atrás en las sillas –un poco para escapar del olor, otro poco por la sorpresa--; después un rápido –rapidísimo—intercambio de miradas, a las que Marcelo, abriendo los brazos en cruz y dando un grito puso fin:
--- ¡Eh...! ¿Pero qué se han creído?!
Las risotadas cubrieron el áspero sonido con pretensiones musicales que salían del engrasado equipo de audio.
---¡Ah! ¡yo también pensé en eso!
La ronca voz del Turco consiguió que las atronadoras risas se volvieran interminables. Marcelo, rojo como tano en vacaciones, se balanceaba en la silla mirándolos uno a uno con cara de “santa paciencia”.
En medio de ayes, resoplidos y lágrimas, fueron calmándose, aunque de vez en cuando a alguno volvía a atacarlo, tentándolo traicionera, la risa.
Suave, casi femeninamente, tratando de controlar los espasmos, el Gordo Romero trató de explicar hipando:
--- No es por vos, flaquito... Es el Moto, ¡qué hijo de puta! ---se ahogó, sacudiéndose como poseso--- ¡y el Turco que la remata!
Nuevamente la hilaridad colectiva, envuelta en pañuelos moqueados generosamente.
Con un gesto de cansancio, Marcelo bebió lo que quedaba de su vaso de agua y se paró, dispuesto a marcharse.
--- ¡Eh, no seas calentón! ¡No te vas a enojar ahora!
Varias manos lo frenaron, obligándolo a sentarse nuevamente.
--- Bueno, está bien... está bien... escuchemos cuál es la idea--- apaciguó el Flaco Aguja.
Todavía se resistió un buen rato antes de empezar, o, mejor dicho continuar, la conversación. El Moto dejó la máquina de café, colgándose su inseparable trapo roñoso en la cintura, y se acercó para no perder detalle de sus palabras.
--- Lo que pasa es que estoy podrido... ¡repodrido! La guita no alcanza ni para... ¡qué sé yo...! ¡Nada! ¡Nada!
Los otros admitían con cabeceos, observaciones, monosílabos.
--- Entonces, voy y me doy cuenta que todo lo que venía haciendo hasta ahora no sirve de nada. ¡Cada vez estoy peor...! ¡Mejor dicho: ESTAMOS PEOR!!
Remarcó el “estamos peor” como si estuviera en pleno acto eleccionario y los muchachos del café fueran sus electores. Los gestos aprobatorios crecieron.
--- ¿Y entonces...?
El Anguila con Hipo estaba verdaderamente interesado y, a pesar de no pertenecer al grupo, había acercado su silla a la rueda, a ver si lograba cazar alguna idea productiva.
--- Entonces, estoy seguro, lo que voy a hacer es, --dos puntos--: primero, vender el puesto de diarios; total, entre los informativos de la radio y de la tele y la malaria, ¡ya nadie compra un joraca! No se olviden que yo trataba de mantenerlo a toda costa, pero ¡no va más! ¡no va más!... Y con la guita que me den, voy a comprar una computadora con una impresora y todo y hacerme mi propio diario.
Los otros se miraron asombrados: nadie entendía nada. El Gordo “salt” primero:
--- ¡Pará, pará la chata, negro!... ¡Pará! Decime, vos te cr’s que con el puesto de mierda que tenés, si lo vendés te va a’ lcanzar para comprarte una computadora con la impresora – que ni siquiera sabés escribir a mano –- y querés hacerte tu propio diario... eh... ¡rajá!... ¡La crisis te ha rayao, hermano! ¡Andá a hacerte ver de la azotea, vos!
--- Pero, ¿porqué no me dejan terminar de explicar mi idea, y después hablar? ¿ah? ¿Somos o no somos civilizados?---
Miró a sus interlocutores antes de continuar.
--- Yo no tengo que saber leer ni escribir para tener un periódico... ¡querido! Yo, voy y le pido al mozo de “Los Cuatro Ases” todos los diario’, les copio lo que me’ nteresa, armo el mío y lo vendo a la mitar de lo que vale el Clarín –por decir alguno-- ¿ven...? ¡Áhi está el negocio! ¿riesgo? ¡cero! ¿gasto? ¡mínimo! ¿entienden? --- Se echó atrás en la silla con aire triunfal, mirándolos a la cara a cada uno.
Una lluvia de cachetazos le cayó encima, cerrando a modo de aplausos su exposición.
Todos se levantaron ruidosamente, abandonando el local y dejando a Marcelo sentado solo a la mesa, explicándole al aire su idea salvadora.
El Moto Riera volvió a pasar su trapo sobre la mesa y, envolviéndolo con su fétido humo le dijo, mientras lo miraba con cara de conocedor:
--- Mirá, Marcelito: vos tendrás más pelos que si te hubieran tejido, hermano... Pero sos alto, grandote y aunque gordo y jorobado... ¡bueno!... Con una buena depilada, unos tacos y una peluca rubia, ¡zafás! Yo sé lo que te digo, mirá: vos, de día, seguí trabajando el puestito. Por lo meno’, e’seguro. Pero de noche, ¡mirame a mí! ¡mirame bien!... porque—lo que’s de noche-- a mí no me vas a conocer... Y sí... de algún modo hay que peliarla: si el pecho no te alcanza para ponerlo contra la crisi’, ¡Ponele el culo, hermano, ponele el culo! ¡qué se le va’cer!.