Los Socios
Hacía varias horas que permanecía sentado en el viejo banco de la plaza, cambiando de posición de tanto en tanto, la mirada vacía, seca, siguiendo la línea que le indicaba el movimiento del cuerpo.
Nadie parecía verlo; quizás ni siquiera existía o era el reflejo de algún sueño --o de alguna pesadilla-- pero mientras raspaba la pintura del inmenso portón del templo, no podía dejar de observarlo. No tenía la apariencia de un mendigo; mas bien se trataba de un individuo corriente, de mediana edad, pero era ese estar allí, sin hacer nada, sin esperar a nadie aparentemente, lo que hacía que su presencia me fuera tan notoria.
---Se me terminó el thinner, voy a buscar más--- le dije a Fidel, mi socio.
Me alejé unos metros hasta donde teníamos los materiales de trabajo, llené el tarrito con el solvente y volví a mi lugar en la reja. Sin poder evitarlo mis ojos se dirigieron al banco en el que seguía—ahora en otra postura – el tipo.
Me acerqué a Fidel, limpiándome las manos con la estopa. Le hice un gesto con la cabeza, señalando hacia mis espaldas.
--- ¡Eh, Fidel...! Mirá: observá al coso ése que está ahí, en el banco que está justo enfrente tuyo, en la plaza... ¿lo ves?
--- Sí, lo veo... ¿qué tiene? --- me respondió de mala gana Fidel.
--- Desde que llegamos, ya estaba ahí. ¡Desde que llegamos a las siete de la mañana! ¡qué aguante!, ¿no?
---¿Y qué...? ¡Parece que te carcome la envidia! --- y comenzó a reír burlonamente.
Miré otra vez al hombre de la plaza y volví a mi tarea, mascullando mi odio por la manera de contestar de Fidel. Siempre era así: bruto y ordinario como nadie.
Descargué mi rabia con los gruesos barrotes, a los que aporreaba sin piedad. ¡Bendito sea Dios! ¡Qué dibujos más complicados tenían! Estos indios sí que habían aprendido de los jesuitas a hacer bien las cosas... Era poco menos que imposible meter la rasqueta entre los arabescos, que parecían de encaje.
Son las seis y cuarto de la tarde. Dentro de un rato acabamos la jornada. Tengo los dedos agarrotados por el esfuerzo. Por enésima vez, mis ojos van hasta mi improvisado vecino del banco de la plaza. Justo en ese momento observa su reloj y se pone de pie morosamente. Comienza a caminar golpeteando los pies, para luego tomar un ritmo cansino, abandonado, meciendo el portafolios con displicencia. Sigue calle arriba hasta convertirse en un punto, sin cambiar de actitud.
--- ¡Eh, che...! ¿¡qué te pasa con el tipo ése...!? no te estarás enamorando, ¿no?
Siento deseos de matarlo. ¡No se puede ser tan maligno.!
Fidel es mi socio y lo estimo porque es honesto, cumplidor, laburante como pocos, pero es el ser más inculto del mundo. No es que yo me considere un hombre culto, ni mucho menos. ¡¡Pero Fidel!!... Me saca de quicio constantemente con sus actitudes. Lo único que tenemos en común es nuestro trabajo. Nos unió la miseria, emparejadora de culturas de nuestro tiempo: una necesidad imperiosa de trabajar en lo que fuera, me llevó a una obra en construcción donde él era pintor, y yo entré como su ayudante. Su honestidad y responsabilidad en el trabajo me llevó a proponerle que formáramos una sociedad para trabajar por nuestra cuenta. Necesitábamos “salir a flote”, y, a pesar de lo desparejo de nuestros orígenes –yo venía de la depreciada clase media, y él de una villa de emergencia donde se perdían sus orígenes—logramos hacerlo. En un par de años, no nos faltaba continuidad en nuestro quehacer, gracias a su conocimiento del tema y a la seriedad con que cumplíamos. Todo ésto hacía que me resultara imposible el pensar siquiera en separarme de él: ¿dónde iba a conseguir un socio tan honesto como él?
Me higienicé prolijamente, me puse ropa limpia y comencé el regreso a casa.
Olvidé al fulano tan pronto como me puse en camino.
Era bastante tarde ya. Menos mal que vivía solo. Fidel, en cambio, le iba a tener que dar explicaciones a su bruja; un cosquilleo de satisfacción me hizo sonreír. ¡Que se joda!, es un tipo tan antipático que se lo tiene bien merecido.
El semáforo me dió el paso. Me enderecé en la bicicleta para avanzar, cuando el tipo de la plaza cruza indiferente frente a mí.
Era imposible: él se había perdido hacia el oeste, en línea recta, y yo iba exactamente hacia el este. Sólo que hubiera dado la vuelta al mundo en media hora.
¡Pero qué idiota! ¿Acaso no existían los taxis, los colectivos...? Debe haber bajado de uno de ellos, y por eso se aparecía por el otro lado. No era nada raro lo que pasaba.
Los perros me salen al paso siguiéndome con sus ladridos, igual que todos los días. ¡Malditos perros flacos, sucios y pulguientos, pululando en las villas que crecen día a día con los nuevos pobres!
Abro el candado que cierra el portoncito que clausura la pasada a mi lote; la casilla, mitad material, mitad madera, rodeada de plantas cultivadas en recipientes vacíos de pintura, me deja entrar. La saludo como todos los días:
--- ¡Hola, casa! ¡Llegó el hombre!
Sobre la mesa se endurecía un pedazo de pan amasado por doña Clara. Corto un trozo y, masticándolo con dificultad, busco un libro –mi último lujo—y me tiro en la desarmada cama.
Me despertaron los gritos de la hija de doña Clara llamando a su marido y a los hijos para levantarlos. No necesitaba nunca poner el despertador: todos los días, a las seis de la madrugada, Jennifer –sí, así se llama: Jennifer Correa, inicia el día dando alaridos para llamar a su familia. Los perros, que de ordinario ladran y pelean toda la noche, arrecian hasta convertirse en algo ensordecedor. El rengo Paez comienza entonces a pedir silencio a gritos. El trabaja de noche, y se acuesta alrededor de las cuatro o cinco. Nunca pude saber de qué labura, a veces desaparece una temporada, a veces viene la cana a buscarlo. Cuando se emborracha saca cuchillo y comienza a amenazar a los vecinos, principalmente a Jennifer que, con sus mellizos Efraín y Jossué le presentan pelea por lo menos una vez por semana.
Seis de la mañana en la villa, ¡todo el mundo despierto! ¿para qué...?
Me afeito y lavo en la pileta del pequeño patio, mientras en la piecita se calienta el agua para el mate sobre el calentador a gas de kerossene.
Hoy terminamos el trabajo de los portones. Con eso acabamos de pintar toda la Iglesia. Estamos muy satisfechos con lo realizado. El curita también, aunque como es bastante duro para pagar, nos dice –para no aflojar—que no está todo lo bien que esperaba. No nos preocupa porque sabemos que está chocho: nos recomendó al párroco de la Consolación, y ya contratamos esa obra también. Gracias a Dios.
Tres meses demoramos en el portón y las rejas. Noventa días y el de la plaza haciendo siempre lo mismo. Hasta cruzándose en cualquier esquina todos los días, pasando sin mirar. Y el misterio se hace mayor, por que también Fidel me comentó haberlo visto –prácticamente a la misma hora que yo—y él vive en la Villa Chica, que queda a casi dieciséis kilómetros de donde trabajamos. Un radio demasiado amplio para encontrar a dos personas que parten en sentido inverso al que va él. Fidel resumió su opinión, con un lapidario: “Está loco... ¡Seguro!”
¡Qué raro! Por primera vez Fidel me dejó solo, hoy que teníamos que entregar el trabajo y cobrar. Para él esto es sagrado –con cuatro hijos de él, y tres de la mujer--, no hay plata que le alcance.
Lo extraño es que por primera vez también, “mi amigo” de la plaza no apareció hoy.
El cura termina de contar por cuarta vez la plata, me hace firmar el recibo y, junto con el pago –que me alcanza casi con dolor—me da una escueta carta de recomendación para el Párroco de la Consolación. Nos sentíamos casi como si fuéramos pintores consagrados: con ésta que acabábamos de terminar, eran ocho las Iglesias, Capillas y Parroquias que hemos pintado en la provincia. En cuatro años, con Fidel llevábamos trabajando sin cortar, gracias a ésto. Una especie de orgullo nos llenaba el alma: en tiempos en que nadie consigue empleo, a nosotros no nos faltaba.
Me sentí muy contento.
La plata hacía un bultito en el bolsillo de la camisa. Me iba a ir a buscar a Fidel después, si él no pasaba a buscarme; era una especie de pacto entre nosotros. Su mujer lo tenía cortito y, como él no renunciaba a sus conquistas, se le escapaba desde el trabajo. Después, cuando se “desocupaba”, pasaba por mi casa hasta las ocho de la noche –para volver a horario--. Pasadas las ocho, yo me iba a verlo, porque algo grave le habría pasado. Normalmente no necesitábamos hacerlo, dado que él me tenía la suficiente confianza como para decirme: --“Cubrime un cacho, que ya vuelvo”.
Iba perdido en mi razonamiento, pensando en lo incómodo que me sería volver a salir con lo cansado que estaba, cuando diviso la figura familiar del tipo de la plaza, cruzando delante mío.
Lo miro, como siempre, esperando que pase sin darse vuelta siquiera. Pero hoy fue diferente: los ojos grises, acerados, brillantes como dos brasas, se clavaron en los míos, produciéndome un escalofrío que me paralizó. Abrió inmensa la boca, hizo unos extraños movimientos con los músculos de la cara y comenzó a reír. Se alejó riendo a carcajadas, sacudiéndose espasmódicamente mientras caminaba balanceando divertido su portafolios.
Antes de desaparecer, volvió a mirarme y arreció con sus risotadas.
Algo muy molesto se me enroscó en el estómago.
¡Malditos perros! Y no hay forma de evitarlos...
Meto la llave en el candado en medio del coro de ladridos.
---¡Hola, casa! ¡Llegó el hombre
Terminé la frase con un hielo corriéndome por la espalda: todo está tal como cuando me fui, pero es distinto. Hay “algo” en el aire... no sé qué.
El miedo comenzó a crecerme en el alma. Extrañamente, recordé al tipo de la plaza y a su actitud de esta tarde. Vagos pantallazos me mostraban su figura riendo a carcajadas mientras se alejaba y veía sus ojos, que aparecían y desaparecían, como una imagen en un televisor descompuesto. Me rehice y empujé la puerta. Estiré el brazo para presionar la llave de la luz, que iluminó el miserable lugar en el acto.
Comencé a retroceder espantado, mientras mi garganta lanzaba unos aullidos de terror que alertaron a las ratas que huyeron despavoridas en todas direcciones, abandonando el cuerpo de Fidel que se encontraba tirado boca arriba sobre mi cama, con los ojos en blanco y una mueca de horror en su oscuro rostro, mientras sus manos permanecían crispadas alrededor del vaciado vientre.
Me escuché gritar, gritar y ví al tipo de la plaza pararse riendo junto a los despojos de mi yacente socio, mientras el maldito coro de perros arreciaba y la piecita se iba llenando de sombras curiosas.