El Paraíso
Se quedó largo rato contemplando el árbol. Había crecido tanto que ya no podía ver dónde terminaba la copa. Hacían cuatro años que no lo podaba y, por ello, se desarrollaba libre y lujurioso. Perdidas las manos en los bolsillos del raído pantalón, mantenía fija la vista en el suave tremolar de las hojas que expandían el dulzón perfume de los azules ramilletes, galardonados con los orondos racimos dorados a los que sus hijos, cuando niños, utilizaban como proyectiles en improvisadas cerbatanas. Los bolunchos. ¿Existía el término? Jamás se molestó en averiguarlo; cuando él era pequeño, también se los llamaba así. Una mezcla de sentimientos y pensamientos se arremolinaron dentro suyo, haciéndole caer pesadamente la cabeza.
El tiempo. Siempre el tiempo. Creemos que pasa, pero no: los que pasamos somos nosotros. El permanece quieto en su omnipotencia inmutable, mientras giramos enloquecidos en nuestro carrusel privado que nos construye y destruye en cada vuelta. Matándonos, cuando creemos que lo estamos matando. Moliendo nuestras ilusiones, sueños y esperanzas en sus muelas; fabricándonos con ellos el harina con la que amasamos ese pan duro y seco al que llamamos vida.
Y corremos, siempre corremos; no fuera alguien a llegar primero a ocupar nuestro privilegiado sitio en la tumba. Enloquecida carrera hacia ninguna parte. Estúpidas vanidades en las que nos dejamos atrapar. Y él había corrido tanto que no se dió cuenta cuándo las piernas comenzaron a pesarle, tornando su carrera desprolija.
El se había ido inclinando premonitoriamente hacia la tierra. El árbol, en cambio, que sólo buscaba la luz, se había elevado tanto que se enredaba con las nubes en el celeste paisaje. Se embriagaba de sol, se bañaba de rocío. Se aturdía de trinos; había crecido. La casa había crecido. Los niños habían crecido.
Clara y él, sin verlo, se habían ido empequeñeciendo. Ella tanto que ya no era más. Y a él le dolía su ausencia, a pesar de sentirla permanentemente junto a él. Su intangibilidad era una herida abierta, a pesar de lo mucho que pasó entre ellos por muchos, amargos años. Pero él siempre le perdonaba todo.
La lloró amargamente en su última partida. Quizás existía en aquel dolor, mucho del dolor por su propia cercana muerte.
Ahora Clara era sólo el eco de un nombre, de una historia en retazos. Otro desleído fantasma, armándose y desarmándose dentro de su gastado calidoscopio interior. Justamente hoy se cumplía un año de su deceso. ¿Pero era ésto la realidad? La mujer que falleciera un año atrás nada tenía que ver con la dulce niña que lo enamorara, más de medio siglo antes. Era ésta una ridícula caricatura de su pequeña: gorda, inmensamente gorda, avara, gruñona, con una descolorida sonrisa desdentada que lo insultaba soezmente y gozaba con humillarlo. No Clara. Clara había partido muchos años atrás. No sabría precisar cuándo, pero se fue yendo de a poco. El no quería verlo: no podía aceptarlo.
Recordaba a Clara –su Clara--: cuerpito casi sin formas bajo el albo guardapolvo, ojos brillantes, sonrisa abierta, su pequeña mano tomada con fuerza de las de él, recorriendo las callecitas lentas de la vuelta del colegio. El largo velo de novia que era su rubio cabello suelto, buscando la cara de los dos para enredarse, cosquillearle los labios, acariciarle la piel... ¿acaso sería que comenzó a irse el día aquél en que se lo cortó...?
Clara... con las mejillas encendidas el día que él, empujado por su gran amor, se atrevió a acudir a su casa para pedir formalmente la mano a los padres de ella, que lo miraban haciéndole sentir un delincuente que entraba a robar, pero al que había que atender y tratar como a un caballero.
Clara... temblorosa al apretarse a él el día en que, envuelta en nubes de blanca gasa, se unieron ante Dios y el mundo, jurándole ser su propiedad y propietaria para siempre; Clara... su púdico temor al quedar a solas por primera vez. Clara... su celeste timidez. Su dulce, ardiente y cálida timidez.
Se rascó la calva y entró pesadamente al galpón. Volvió a su lugar bajo el paraíso cargando con esfuerzo la escalera. ¡Carajo! ¡Pensar que antes no pesaba nada! Pero, a medida que se hace más vieja, más pesa. Como las personas. Como nosotros.
--- Clara... ¿estás?
Sí. Clara siempre está: entra corriendo –casi nunca caminaba, siempre corría, aún al envejecer--, trae entre sus brazos el retoño del paraíso, que entonces era chiquito- chiquito, tanto que cabía en una maceta de vivero. En su dilatado vientre madura otro retoño. Lo plantan juntos y lo cuidan de los insectos, del frío, del calor, de la humedad, de la sequía y creció más rápido que los tres hijos que fueron brotando de sus vidas, y pronto fue más alto y fuerte que ellos cinco, parados uno sobre el otro.
Sacude la cabeza y apoya la escalera buscando un punto fuerte en el tronco; regresa al galpón de donde arrastra una pesada lata hasta su dormitorio. Sale de la casa con aire decidido y satisfecho.
Mira el amplísimo jardín –casi un parque – que rodea la casa. Con una cansada sonrisa regresa al pie del árbol. Comienza a escalar lenta, penosamente. Cada peldaño es un esfuerzo superior al anterior. Siente que las sienes le estallan. Su corazón es una caldera esforzada al máximo.
--- ¡Viejo loco! ¡¿no te das cuenta que vas a quebrarte todos tus malditos huesos?!... para la mierda que sirven, pero después... ¿quién te cuida sino yo?! ¡bajate ya mismo, antes que te saque la escalera y te deje viviendo ahí arriba!! --- Nítida, la voz cascada de Clara-vieja restalló en sus oídos --- ¡Ojalá yo no te falte nunca, viejo sucio, porque te van a comer los gusanos en vida! ¡inútil! ¡roñoso!...
¿Cuándo Clara comenzó a tratarlo así y él a callar...? no lo puede precisar. Quizás cuando perdió su empleo, a los ocho años de casados y ya con los tres hijos. Talvez no, pues aquéllo fue pasajero: él pronto volvió a trabajar y con mejor sueldo. Pero después de eso no fue jamás la Clara-dulzura, la que lo enamorara. ¿No habrá sido aquella vez en que él propuso vender la casa para pagar las deudas...?
¡Sí! ¡ahora lo recuerda! Ese fue su vuelco total. Después de ello, era una fiera al acecho, siempre dispuesta a desgarrarlo con sus palabras. Cada vez más a la defensiva; cada vez más al ataque.
¡Ah!, también estaba aquella vez en que, por una tontera de tantas, ella lo insultara de manera terrible y le arrojara la plancha que estaba usando; ésta, en su vuelo, destruyó el retrato de su suegra, lo que le provocó una hilaridad incontenible que acrecentó la furia de Clara: estuvo seis meses sin dirigirle la palabra, a pesar de que él hiciera lo imposible para recuperar la paz familiar.
Siempre se preguntó si esa situación no se hubiera prolongado definitivamente si no fuera por que la madre de ella enfermara gravemente y él decidiera traerla a vivir con ellos, para que estuviera junto a su hija y ésta la cuidara. Por algún tiempo volvió a ser la Clara-dulzura-mimos-pasión de antes.
Hasta la comunión de Estela. Allí lo insultó delante de todos los invitados porque había olvidado comprar hielo. Después lloró furiosa, y retornó a su agresiva indiferencia.
Talvez, si él le hubiera pegado una buena paliza en la primera vez, todo habría sido diferente. ¡Todo!... se dijo muy convencido.
Cuando Amancio, su segundo hijo, se recibió de ingeniero, quiso modificar la ya vieja casa. Comenzaría por talar el paraíso. Era muy tosco y ocupaba mucho espacio; además, sus raíces levantaban las baldosas del patio. Eso dijo. No miraba al ser vivo que compartiera su vida. Sólo la cosa inanimada. Por primera vez en muchísimo tiempo, él y Clara volvieron a tener una causa en común. Se negaron a muerte, atrincherándose en sus recuerdos. Estela y María Blanca, con un marcado aire de suficiencia, dijeron a su hermano: “Dejalos, Amancio... ¡por primera vez los vemos de acuerdo en algo!”
María Blanca... hace ocho años que está en los Estados Unidos. Ni siquiera escribe; se casó con un pastor mormón. Cambió hasta de religión. La única vez que vino, fue para llevarse todo lo que podía cargar. Un mes antes de que muriera su madre se la mandó a llamar con urgencia, poniéndola en conocimiento de la gravedad de la situación, ya que Clara había sido internada con un cáncer irreversible. Se justificó diciendo que sus actividades le impedían volver; que oraría por ella; que, además, ¿en qué favorecería a la pobre enfermita su presencia? Y Clara se fue, deseando ver a su hija menor. Y conocer a sus seis nietos. Aunque sólo fuera en fotos.
Y hoy, sorpresivamente, hace su aparición triunfal. Flanqueada por Amancio y Dorita, ambos ingenieros, sin hijos: “Los hijos son un estorbo para la realización profesional”. Ahora piensa si no tendrían razón. Al otro lado, con meliflua sonrisa, Estela y su tercer marido ¿Esteban o Andrés? No podía recordar su nombre. Estela le había dado tres nietos –uno por cada marido—eran hijos souvenirs que, a cada separación, pasaba a su madre para que se los cuidara hasta tanto ella arreglara su situación. Lo cierto era que jamás se acordaba de recuperarlos. Ahora, con la muerte de Clara, se le había complicado la cosa. Se preguntaba cuánto le duraría este marido cargando con los dos hijos de los anteriores amores de su esposa.
¡Dios! ¿Porqué los hijos tienen que crecer?
María Blanca ni siquiera miró el retrato de su madre, aquél que le fuera tomado cuando su piel tenía el brillo de la seda y el largo pelo era una catarata de sol derramándose por su espalda. Guardaba toda la luz de sus ojos rasgados, inmensos, del color de los lagos de montaña.
Clara misma lo había colgado sobre la chimenea; siempre hacía las cosas sin pedir ayuda. Al paso de los años, comenzó a evitar el mirarlo. Pero lo exhibía orgullosa, como una venganza contra la crueldad de la vida que, en cada amanecer se le iba acumulando en los huesos, en las neuronas; debilitándolos, enredándolas.
A duras penas llegó hasta la rama fuerte, extendida como un brazo oferente y de donde años atrás colgara el columpio para sus hijos. Balanceaba los pies en el vacío y un ligero vértigo le hacía cosquillas en el estómago.
--- Quieren abrir la sucesión...--- le susurró al árbol, acariciando el rugoso tronco donde estaba apoyado.
--- ¡Abrir la sucesión! --- le gritó al viento. Un acceso de tos lo sacudió.
--- ...nunca hicieron nada por la casa, pero es de ellos. Jamás pusieron un peso en ella, pero les pertenece. ¡Por el simple hecho de haber nacido de nosotros! ¡Eso vinieron a decirme! ¡¡Eso!! --- Un llanto convulsivo lo sacudió. Apoyó la espalda en el paraíso.
--- Además... ¡yo estoy viejo! ¡muy viejo! No debo seguir viviendo solo. Es necesario que alguien me cuide: pasarían meses antes que alguien se percatara que había muerto. --- Quedó con la mirada perdida en el vacío .
--- Ellos son gente muy ocupada: no pueden venir a verme de vez en cuando. Tampoco necesitan con ellos a un viejo... ¿qué falta le hace a alguien un viejo? Hay casas especiales para guardarlos sin que jodan a nadie. --- Imitaba las voces y los gestos de todos ellos. Empezó a llorar amargamente, sentado a horcajadas en la rama.
Fue serenándose de a poco; hipando como un niño, cortó un ramillete azul. Aspiró su aroma con fruición. Le recordaba a las brazadas que Clara-linda, Clara-joven, recogía para acomodar por toda la casa, la que quedaba impregnada del cálido aroma. Veía sus ojos azules confundidos con las florecillas, su sonrisa de primavera, la carita sonrosada, feliz, gozando de la primera floración de “su” árbol. Porque era de ella --su más cara propiedad—inenajenable.
Pasaron corriendo Estela y María Blanca, coronadas con las florecitas. Llevaban otro ramillete en el lazo de seda de sus vestidos, a pesar de la estricta prohibición de su madre de cortarlas; las perseguía Amancio , en alocado griterío que se confundía con la vocinglería de los pájaros de esa irrecuperable primavera.
--- ¡No corran así...! ¡Se van a matar...!
Les gritó a sus recuerdos. Los niños se volvieron: rodearon el árbol, girando alrededor del mismo. Comenzaron a reír con burlonas e histéricas carcajadas. Sus rostros cambiaban rápida, ferozmente, desdibujándose y retorciéndose en espantosas muecas.
Pensó en su propio padre: lo encontró muerto un domingo en la tarde cuando llegó a verlo como siempre lo hacía. La visita a los viejos del domingo en la tarde.
Hacía tres días que había sucedido. Su pobre madre inválida, totalmente disfónica de tanto llamar por ayuda desde el alejado dormitorio donde se hallaba recluída, era presa de la inanición y de una crisis de locura. Tan sólo sobrevivió diez días. Jamás pudo borrar de sí la mirada de la mujer cuando llegó a su lado; su gesto horrorizado por la tragedia vivida.
¿Qué habrán sentido en sus últimos tiempos --ancianos, solos y enfermos – después de criar nueve hijos...?
Tenían razón los chicos: los viejos necesitan ser guardados en un lugar especial.
--- ¡Viejo ridículo y jactancioso!! ¿Te creés que podés trepar al árbol y podarlo como si tuvieras veinte años? ¡Ojalá te quebrés todo, así aprendés!! ¡Ahora no estoy para cuidarte, viejo inútil!!
Clara-vieja lo ensordecía con sus graznidos de arpía. ¿Quién se había olvidado de enterrar con ella su voz, dejándola desparramada por toda la casa? ¿¡Porqué nadie se acordó de incinerar sus gritos!? ¿¡Hasta cuándo seguiría gritando esa criatura grotesca!?
Volvió la mirada hacia la casa. Una densa columna de humo comenzaba a escapar hacia lo alto y un vivo resplandor iluminaba el interior. Acarició la soga que trajo del galpón. Comenzó a anudarla firme y seguramente alrededor de la gruesa rama en que se hallaba encaramado. Sus movimientos eran lentos, cansados, pero seguros.
--- Sí... --- dijo jadeando --- los viejos cada año pesan más ¡y entienden menos! Su cerebro es como una vieja película cortada: saltan los tiempos, se pierden fragmentos, se entreveran los finales... es verdad... y yo ya he llegado a muerto-vivo. A viejo-viejo.
Cayó en la cuenta de ésto al ver la máscara que cubría las bellas facciones de Clara en el ataúd. Hubiese deseado arrancar con sus sarmentosos dedos esos sacos vacíos quebrados en infinitos pliegues que la recubrían toda. Toda. Sin dejar espacio a la sonrosada seda que antes fuera... otro ataúd que cargara por años, haciéndole peso, aprisionándola, doblegándole el cuerpo y las ilusiones. Entonces, él, ¿también estaba decrépito y senil? Por si alguna duda le quedaba, éso le habían dicho hoy los chicos, cuando él les dijo que no quería vender la casa. Cuando les dijo que esperaran a que muriera para hacerlo, que total ya faltaba muy poco para ello.
Fue Amancio, su orgullo, su prolongación en la vida, quien le respondió sonriendo de costado:
--- ¿Sí? ¿Cuánto? ¿Diez años, quince...? no olvides que el tiempo pasa para todos; también para nosotros. ¿Para qué querremos esta casa o la plata, cuando estemos tan viejos como vos...? ¡mirá si llegás a vivir cien años o más!
Recorrió los rostros de todos: sólo halló reproche y odio en cada uno de ellos. Su nuera fumaba furiosa y el tercer marido de Estela apretaba los dientes como si acabara de descubrir que él le había estado robando. El dolor más profundo lo tuvo al encontrar la mirada de Augusto, su consuelo, el nieto mimado por él: aquél al que criara con más amor que a sus propios hijos. Augusto lo miraba con desprecio, reprochándole algo que él no alcanzaba a comprender.
No eran malos. No. En absoluto. Sólo que Clara y él se esmeraron en darles una cultura sólida, mas olvidaron darles la cultura del amor, de la piedad. Quizás era que tampoco él y Clara la practicaran nunca y ahora era imposible corregirlo.
Sí. Los chicos tenían razón: ¿y si vivía hasta los cien años? Para entonces Amancio tendría... a ver ... ¡y sí!, alrededor de setenta... ¿Y las nenas? Y... setenta y dos y setenta y cuatro años. Y sí. Un poco viejos para iniciar algo nuevo... aunque sostuvieran por ahí que mientras se estuviera vivo, habría que renacer en cada madrugada.
Elevó los ojos secos, vidriosos, al indiferente cielo que aceptaba resignado las oscuras volutas de humo que él le ofrendara. El ocaso era más rojo que de costumbre.
--- Mañana hará un calor infernal... --- musitó como si le importara.
--- Todas las muertes, incluso las del día, se relacionan con el rojo de la sangre que estalla, escapándose del cuerpo al que da vida o, simplemente, se queda quietecita, quietecita, yendo a lo más profundo y dando una morbidez de piedra a su dueño... ¿Porqué entonces, en vez de negro, no usar rojo y blanco en señal de duelo? ¡Todos en los velatorios vestidos de rojo y blanco! ¡de blanco y de rojo!
Lanzó una enloquecida carcajada, riendo de su propia ocurrencia.
Sostuvo el nudo que trabajara en el extremo de la soga, colocándolo a la altura de sus ojos y revisándolo minuciosamente. Sereno, se lo deslizó alrededor del cuello, acomodándolo.
Riendo casi con alivio, saltó al vacío.
Los aterrados pájaros habitantes del paraíso, chillaron buscando refugio en lo alto, trepando desesperados hacia las nubes enrojecidas con la derramada sangre del atardecer.
El tiempo. Siempre el tiempo. Creemos que pasa, pero no: los que pasamos somos nosotros. El permanece quieto en su omnipotencia inmutable, mientras giramos enloquecidos en nuestro carrusel privado que nos construye y destruye en cada vuelta. Matándonos, cuando creemos que lo estamos matando. Moliendo nuestras ilusiones, sueños y esperanzas en sus muelas; fabricándonos con ellos el harina con la que amasamos ese pan duro y seco al que llamamos vida.
Y corremos, siempre corremos; no fuera alguien a llegar primero a ocupar nuestro privilegiado sitio en la tumba. Enloquecida carrera hacia ninguna parte. Estúpidas vanidades en las que nos dejamos atrapar. Y él había corrido tanto que no se dió cuenta cuándo las piernas comenzaron a pesarle, tornando su carrera desprolija.
El se había ido inclinando premonitoriamente hacia la tierra. El árbol, en cambio, que sólo buscaba la luz, se había elevado tanto que se enredaba con las nubes en el celeste paisaje. Se embriagaba de sol, se bañaba de rocío. Se aturdía de trinos; había crecido. La casa había crecido. Los niños habían crecido.
Clara y él, sin verlo, se habían ido empequeñeciendo. Ella tanto que ya no era más. Y a él le dolía su ausencia, a pesar de sentirla permanentemente junto a él. Su intangibilidad era una herida abierta, a pesar de lo mucho que pasó entre ellos por muchos, amargos años. Pero él siempre le perdonaba todo.
La lloró amargamente en su última partida. Quizás existía en aquel dolor, mucho del dolor por su propia cercana muerte.
Ahora Clara era sólo el eco de un nombre, de una historia en retazos. Otro desleído fantasma, armándose y desarmándose dentro de su gastado calidoscopio interior. Justamente hoy se cumplía un año de su deceso. ¿Pero era ésto la realidad? La mujer que falleciera un año atrás nada tenía que ver con la dulce niña que lo enamorara, más de medio siglo antes. Era ésta una ridícula caricatura de su pequeña: gorda, inmensamente gorda, avara, gruñona, con una descolorida sonrisa desdentada que lo insultaba soezmente y gozaba con humillarlo. No Clara. Clara había partido muchos años atrás. No sabría precisar cuándo, pero se fue yendo de a poco. El no quería verlo: no podía aceptarlo.
Recordaba a Clara –su Clara--: cuerpito casi sin formas bajo el albo guardapolvo, ojos brillantes, sonrisa abierta, su pequeña mano tomada con fuerza de las de él, recorriendo las callecitas lentas de la vuelta del colegio. El largo velo de novia que era su rubio cabello suelto, buscando la cara de los dos para enredarse, cosquillearle los labios, acariciarle la piel... ¿acaso sería que comenzó a irse el día aquél en que se lo cortó...?
Clara... con las mejillas encendidas el día que él, empujado por su gran amor, se atrevió a acudir a su casa para pedir formalmente la mano a los padres de ella, que lo miraban haciéndole sentir un delincuente que entraba a robar, pero al que había que atender y tratar como a un caballero.
Clara... temblorosa al apretarse a él el día en que, envuelta en nubes de blanca gasa, se unieron ante Dios y el mundo, jurándole ser su propiedad y propietaria para siempre; Clara... su púdico temor al quedar a solas por primera vez. Clara... su celeste timidez. Su dulce, ardiente y cálida timidez.
Se rascó la calva y entró pesadamente al galpón. Volvió a su lugar bajo el paraíso cargando con esfuerzo la escalera. ¡Carajo! ¡Pensar que antes no pesaba nada! Pero, a medida que se hace más vieja, más pesa. Como las personas. Como nosotros.
--- Clara... ¿estás?
Sí. Clara siempre está: entra corriendo –casi nunca caminaba, siempre corría, aún al envejecer--, trae entre sus brazos el retoño del paraíso, que entonces era chiquito- chiquito, tanto que cabía en una maceta de vivero. En su dilatado vientre madura otro retoño. Lo plantan juntos y lo cuidan de los insectos, del frío, del calor, de la humedad, de la sequía y creció más rápido que los tres hijos que fueron brotando de sus vidas, y pronto fue más alto y fuerte que ellos cinco, parados uno sobre el otro.
Sacude la cabeza y apoya la escalera buscando un punto fuerte en el tronco; regresa al galpón de donde arrastra una pesada lata hasta su dormitorio. Sale de la casa con aire decidido y satisfecho.
Mira el amplísimo jardín –casi un parque – que rodea la casa. Con una cansada sonrisa regresa al pie del árbol. Comienza a escalar lenta, penosamente. Cada peldaño es un esfuerzo superior al anterior. Siente que las sienes le estallan. Su corazón es una caldera esforzada al máximo.
--- ¡Viejo loco! ¡¿no te das cuenta que vas a quebrarte todos tus malditos huesos?!... para la mierda que sirven, pero después... ¿quién te cuida sino yo?! ¡bajate ya mismo, antes que te saque la escalera y te deje viviendo ahí arriba!! --- Nítida, la voz cascada de Clara-vieja restalló en sus oídos --- ¡Ojalá yo no te falte nunca, viejo sucio, porque te van a comer los gusanos en vida! ¡inútil! ¡roñoso!...
¿Cuándo Clara comenzó a tratarlo así y él a callar...? no lo puede precisar. Quizás cuando perdió su empleo, a los ocho años de casados y ya con los tres hijos. Talvez no, pues aquéllo fue pasajero: él pronto volvió a trabajar y con mejor sueldo. Pero después de eso no fue jamás la Clara-dulzura, la que lo enamorara. ¿No habrá sido aquella vez en que él propuso vender la casa para pagar las deudas...?
¡Sí! ¡ahora lo recuerda! Ese fue su vuelco total. Después de ello, era una fiera al acecho, siempre dispuesta a desgarrarlo con sus palabras. Cada vez más a la defensiva; cada vez más al ataque.
¡Ah!, también estaba aquella vez en que, por una tontera de tantas, ella lo insultara de manera terrible y le arrojara la plancha que estaba usando; ésta, en su vuelo, destruyó el retrato de su suegra, lo que le provocó una hilaridad incontenible que acrecentó la furia de Clara: estuvo seis meses sin dirigirle la palabra, a pesar de que él hiciera lo imposible para recuperar la paz familiar.
Siempre se preguntó si esa situación no se hubiera prolongado definitivamente si no fuera por que la madre de ella enfermara gravemente y él decidiera traerla a vivir con ellos, para que estuviera junto a su hija y ésta la cuidara. Por algún tiempo volvió a ser la Clara-dulzura-mimos-pasión de antes.
Hasta la comunión de Estela. Allí lo insultó delante de todos los invitados porque había olvidado comprar hielo. Después lloró furiosa, y retornó a su agresiva indiferencia.
Talvez, si él le hubiera pegado una buena paliza en la primera vez, todo habría sido diferente. ¡Todo!... se dijo muy convencido.
Cuando Amancio, su segundo hijo, se recibió de ingeniero, quiso modificar la ya vieja casa. Comenzaría por talar el paraíso. Era muy tosco y ocupaba mucho espacio; además, sus raíces levantaban las baldosas del patio. Eso dijo. No miraba al ser vivo que compartiera su vida. Sólo la cosa inanimada. Por primera vez en muchísimo tiempo, él y Clara volvieron a tener una causa en común. Se negaron a muerte, atrincherándose en sus recuerdos. Estela y María Blanca, con un marcado aire de suficiencia, dijeron a su hermano: “Dejalos, Amancio... ¡por primera vez los vemos de acuerdo en algo!”
María Blanca... hace ocho años que está en los Estados Unidos. Ni siquiera escribe; se casó con un pastor mormón. Cambió hasta de religión. La única vez que vino, fue para llevarse todo lo que podía cargar. Un mes antes de que muriera su madre se la mandó a llamar con urgencia, poniéndola en conocimiento de la gravedad de la situación, ya que Clara había sido internada con un cáncer irreversible. Se justificó diciendo que sus actividades le impedían volver; que oraría por ella; que, además, ¿en qué favorecería a la pobre enfermita su presencia? Y Clara se fue, deseando ver a su hija menor. Y conocer a sus seis nietos. Aunque sólo fuera en fotos.
Y hoy, sorpresivamente, hace su aparición triunfal. Flanqueada por Amancio y Dorita, ambos ingenieros, sin hijos: “Los hijos son un estorbo para la realización profesional”. Ahora piensa si no tendrían razón. Al otro lado, con meliflua sonrisa, Estela y su tercer marido ¿Esteban o Andrés? No podía recordar su nombre. Estela le había dado tres nietos –uno por cada marido—eran hijos souvenirs que, a cada separación, pasaba a su madre para que se los cuidara hasta tanto ella arreglara su situación. Lo cierto era que jamás se acordaba de recuperarlos. Ahora, con la muerte de Clara, se le había complicado la cosa. Se preguntaba cuánto le duraría este marido cargando con los dos hijos de los anteriores amores de su esposa.
¡Dios! ¿Porqué los hijos tienen que crecer?
María Blanca ni siquiera miró el retrato de su madre, aquél que le fuera tomado cuando su piel tenía el brillo de la seda y el largo pelo era una catarata de sol derramándose por su espalda. Guardaba toda la luz de sus ojos rasgados, inmensos, del color de los lagos de montaña.
Clara misma lo había colgado sobre la chimenea; siempre hacía las cosas sin pedir ayuda. Al paso de los años, comenzó a evitar el mirarlo. Pero lo exhibía orgullosa, como una venganza contra la crueldad de la vida que, en cada amanecer se le iba acumulando en los huesos, en las neuronas; debilitándolos, enredándolas.
A duras penas llegó hasta la rama fuerte, extendida como un brazo oferente y de donde años atrás colgara el columpio para sus hijos. Balanceaba los pies en el vacío y un ligero vértigo le hacía cosquillas en el estómago.
--- Quieren abrir la sucesión...--- le susurró al árbol, acariciando el rugoso tronco donde estaba apoyado.
--- ¡Abrir la sucesión! --- le gritó al viento. Un acceso de tos lo sacudió.
--- ...nunca hicieron nada por la casa, pero es de ellos. Jamás pusieron un peso en ella, pero les pertenece. ¡Por el simple hecho de haber nacido de nosotros! ¡Eso vinieron a decirme! ¡¡Eso!! --- Un llanto convulsivo lo sacudió. Apoyó la espalda en el paraíso.
--- Además... ¡yo estoy viejo! ¡muy viejo! No debo seguir viviendo solo. Es necesario que alguien me cuide: pasarían meses antes que alguien se percatara que había muerto. --- Quedó con la mirada perdida en el vacío .
--- Ellos son gente muy ocupada: no pueden venir a verme de vez en cuando. Tampoco necesitan con ellos a un viejo... ¿qué falta le hace a alguien un viejo? Hay casas especiales para guardarlos sin que jodan a nadie. --- Imitaba las voces y los gestos de todos ellos. Empezó a llorar amargamente, sentado a horcajadas en la rama.
Fue serenándose de a poco; hipando como un niño, cortó un ramillete azul. Aspiró su aroma con fruición. Le recordaba a las brazadas que Clara-linda, Clara-joven, recogía para acomodar por toda la casa, la que quedaba impregnada del cálido aroma. Veía sus ojos azules confundidos con las florecillas, su sonrisa de primavera, la carita sonrosada, feliz, gozando de la primera floración de “su” árbol. Porque era de ella --su más cara propiedad—inenajenable.
Pasaron corriendo Estela y María Blanca, coronadas con las florecitas. Llevaban otro ramillete en el lazo de seda de sus vestidos, a pesar de la estricta prohibición de su madre de cortarlas; las perseguía Amancio , en alocado griterío que se confundía con la vocinglería de los pájaros de esa irrecuperable primavera.
--- ¡No corran así...! ¡Se van a matar...!
Les gritó a sus recuerdos. Los niños se volvieron: rodearon el árbol, girando alrededor del mismo. Comenzaron a reír con burlonas e histéricas carcajadas. Sus rostros cambiaban rápida, ferozmente, desdibujándose y retorciéndose en espantosas muecas.
Pensó en su propio padre: lo encontró muerto un domingo en la tarde cuando llegó a verlo como siempre lo hacía. La visita a los viejos del domingo en la tarde.
Hacía tres días que había sucedido. Su pobre madre inválida, totalmente disfónica de tanto llamar por ayuda desde el alejado dormitorio donde se hallaba recluída, era presa de la inanición y de una crisis de locura. Tan sólo sobrevivió diez días. Jamás pudo borrar de sí la mirada de la mujer cuando llegó a su lado; su gesto horrorizado por la tragedia vivida.
¿Qué habrán sentido en sus últimos tiempos --ancianos, solos y enfermos – después de criar nueve hijos...?
Tenían razón los chicos: los viejos necesitan ser guardados en un lugar especial.
--- ¡Viejo ridículo y jactancioso!! ¿Te creés que podés trepar al árbol y podarlo como si tuvieras veinte años? ¡Ojalá te quebrés todo, así aprendés!! ¡Ahora no estoy para cuidarte, viejo inútil!!
Clara-vieja lo ensordecía con sus graznidos de arpía. ¿Quién se había olvidado de enterrar con ella su voz, dejándola desparramada por toda la casa? ¿¡Porqué nadie se acordó de incinerar sus gritos!? ¿¡Hasta cuándo seguiría gritando esa criatura grotesca!?
Volvió la mirada hacia la casa. Una densa columna de humo comenzaba a escapar hacia lo alto y un vivo resplandor iluminaba el interior. Acarició la soga que trajo del galpón. Comenzó a anudarla firme y seguramente alrededor de la gruesa rama en que se hallaba encaramado. Sus movimientos eran lentos, cansados, pero seguros.
--- Sí... --- dijo jadeando --- los viejos cada año pesan más ¡y entienden menos! Su cerebro es como una vieja película cortada: saltan los tiempos, se pierden fragmentos, se entreveran los finales... es verdad... y yo ya he llegado a muerto-vivo. A viejo-viejo.
Cayó en la cuenta de ésto al ver la máscara que cubría las bellas facciones de Clara en el ataúd. Hubiese deseado arrancar con sus sarmentosos dedos esos sacos vacíos quebrados en infinitos pliegues que la recubrían toda. Toda. Sin dejar espacio a la sonrosada seda que antes fuera... otro ataúd que cargara por años, haciéndole peso, aprisionándola, doblegándole el cuerpo y las ilusiones. Entonces, él, ¿también estaba decrépito y senil? Por si alguna duda le quedaba, éso le habían dicho hoy los chicos, cuando él les dijo que no quería vender la casa. Cuando les dijo que esperaran a que muriera para hacerlo, que total ya faltaba muy poco para ello.
Fue Amancio, su orgullo, su prolongación en la vida, quien le respondió sonriendo de costado:
--- ¿Sí? ¿Cuánto? ¿Diez años, quince...? no olvides que el tiempo pasa para todos; también para nosotros. ¿Para qué querremos esta casa o la plata, cuando estemos tan viejos como vos...? ¡mirá si llegás a vivir cien años o más!
Recorrió los rostros de todos: sólo halló reproche y odio en cada uno de ellos. Su nuera fumaba furiosa y el tercer marido de Estela apretaba los dientes como si acabara de descubrir que él le había estado robando. El dolor más profundo lo tuvo al encontrar la mirada de Augusto, su consuelo, el nieto mimado por él: aquél al que criara con más amor que a sus propios hijos. Augusto lo miraba con desprecio, reprochándole algo que él no alcanzaba a comprender.
No eran malos. No. En absoluto. Sólo que Clara y él se esmeraron en darles una cultura sólida, mas olvidaron darles la cultura del amor, de la piedad. Quizás era que tampoco él y Clara la practicaran nunca y ahora era imposible corregirlo.
Sí. Los chicos tenían razón: ¿y si vivía hasta los cien años? Para entonces Amancio tendría... a ver ... ¡y sí!, alrededor de setenta... ¿Y las nenas? Y... setenta y dos y setenta y cuatro años. Y sí. Un poco viejos para iniciar algo nuevo... aunque sostuvieran por ahí que mientras se estuviera vivo, habría que renacer en cada madrugada.
Elevó los ojos secos, vidriosos, al indiferente cielo que aceptaba resignado las oscuras volutas de humo que él le ofrendara. El ocaso era más rojo que de costumbre.
--- Mañana hará un calor infernal... --- musitó como si le importara.
--- Todas las muertes, incluso las del día, se relacionan con el rojo de la sangre que estalla, escapándose del cuerpo al que da vida o, simplemente, se queda quietecita, quietecita, yendo a lo más profundo y dando una morbidez de piedra a su dueño... ¿Porqué entonces, en vez de negro, no usar rojo y blanco en señal de duelo? ¡Todos en los velatorios vestidos de rojo y blanco! ¡de blanco y de rojo!
Lanzó una enloquecida carcajada, riendo de su propia ocurrencia.
Sostuvo el nudo que trabajara en el extremo de la soga, colocándolo a la altura de sus ojos y revisándolo minuciosamente. Sereno, se lo deslizó alrededor del cuello, acomodándolo.
Riendo casi con alivio, saltó al vacío.
Los aterrados pájaros habitantes del paraíso, chillaron buscando refugio en lo alto, trepando desesperados hacia las nubes enrojecidas con la derramada sangre del atardecer.