La Eulogia
¡Pobre! ¡Qué mala muerte ha tenido la doña Ulogia ésa...! ¡Que Dios nos libre y guarde, vea...! No hay nada que hacerle, vea: la ambición es lo más dañino para guiar al cristiano. Lo ciega de losojo y de la cabeza, sin dejarle pensar en nada que no sea en lo que se le ha metido entre ceja y ceja, vea...
Y lo más pior es que la doña, cuando era moza –y más fiera que susto a medianoche —ya se venía ladiada nomá: ella que quería y quería– y el cuero que no le daba—ansí que agarró pa´lotro lao y encomenzó a caer seguido por lo de la vieja Ataliva, que si habería bruja, ¡ésa lo era!.
Primeramente, que al padre de la Ulogia no le gustaba para nada esa amistá, y cada vez que la chinita –porque en ese entonce, la Ulogia ya li´ dicho quera moza –fiera pero moza – subía hasta el rancho de la vieja, cobraba la mama. Y cuando volvía la hija, cobraba la hija. Y si se metía la madre, cobraba de nuevo.
Y ansí y todo, moretiada de arriba abajo, no dejaba de subir hasta el rancho de la vieja, que quedaba a la parcita nomá de donde vivía ahora la Ulogia: o sea, trepando el monte hasta la puntita, cerca de las cuevas, a donde nadie que se precie se anime a llegar.
Y bueno, sigo: la Ulogia y su mama –que la pobre santa era muda de nacimiento— andaban todo aporriadas por don Tomás, el padre –hombre de buen parecer, que lo único malo que teniba era que se machaba y ¡era otro, vea...! – y áhi sí, aunque la pobre chica estaba en la casa, de lo más modosa, lo mismo ¡le pegaba cada una...! a ella y a la pobre muda de la madre, que yo no sé cómo era que la mujer no aprendía a hablar de una buena vez, vea.
Hasta que un buen día, la Ulogia reventó, y se puso a gritarle al viejo:
-¡Eche mano a ese palo, viejo ladino, y lo van a arrastrá todos los demoño!
¡Ave María purísima! En el nombre del Padre, del Hijo y del Píritu Santo, Amén.
Yo, que vivía ahicito nomá, separada por los alambre, miro –no de curiosidá, no—sino porque justito había salido hacer no sé qué cosa, vea, y me los veo: la muda de la madre, llorando tirada en el suelo, toda golpiada, pobrecita; el viejo, tambaliándose como saché de leche por la macha, la miraba a la hija con una cara de susto que daba miedo... ¡de no creer, vea!... y, cuando la veo a la chica... ¡Diosito querido! ¡era otra persona! ¡sólo la voz era la della!: sólo la voz era la della, porque esta otra que lo enfrentaba así -vea, así- al tata, era una diabla roja guerrera, que parecía que se lo iba a devorar al flaco a pesar de todo el vino que cargaba en su humanidá... Anque el tiempo ha pasao, ¡todavía me da fiebre cuando me acuerdo cómo lo voraciaba al padre!... Como será que era, que al hombre áhi nomá se le pasó la borrachera y salió carpiendo como alma que lleva el diablo, vea. Nunca más se lo volvió a ver. Nadies saben si se ha murido o qué... lo único, que nunca más se lo volvió a ver.
Y bueno, de áhi en más, la Ulogia se iba afianzando en sus cosas cada vez más; la tenía a la pobre mudita de la madre como servienta y pa´ los mandaos en el pueblo, hasta que la mujer se le murió, vea.
Ni una sola ládrima vertió por esa santa que la trajo a este mundo... ¡De no creer, vea!
¡Huy!, si yo me pusiera a contarle de todos esos años, de todo lo que se veía –día y noche—que pasaba en ese rancho; ¡las cosa que se escuchaban...! hasta que, despué, cuando se le muere la madre, ella se va a viví –sin decir adió—a la par del rancho de doña Ataliva, ¡las travesuras que se haberán mandado juntas...! Porque vea, le cuento: en donde era que ella vivía, ni los perro se acercaban. Hasta las sabandija esquivaban el bulto y no se arrimaban al lugar. Ademá, se oían ruidos raros y se veía luces. Usté no va creerlo si no lo ve con sus propio sojos.
¡Las cosa que pasaban alredor de la Ulogia! Y se volvió altanera, cogotuda... –pasaba así, vea, sin mirar a nadies-... y no sé para qué quería una que la mire con eso sojos de diabla que tenía. Pero nomá era cosa de pasar ella, y el bicherío salía disparado para cualquier lado, espantado.
La gente comentaba que entre las dos –la Ataliva y la Ulogia- haberían haber descubrido alguna fórmula para valerse de los duendes... ¡sí! ¡no se ría! De los duende... Y le cuento porqué: tenían todo el campito alredor de donde vivían, que era una hermosidá de las fruta y las verdura, vea. Para ellas no había sequía, ni peste, ni nundación, ni nada. Y nenguna dellas dos era guapita, que digamos. Endemás, andaban colgándose pulsera, collare, anillo, ¡que le juro! Le envideaban las reina.
Como yo a la chica la conocía de nacida, ella medio que me tenía consideración y me respetaba, y poreso, agarro un día de mañanita bien temprano y m´ido a verla para prevenirla:
-Mirá, Ulogia, hay cosas que no son juego. El problema viene dispué, porque en esas cosa, el pago es con sangre.
Y ella me ha entendío muy bien, porque se encrespao y me dijo:
-Vea, vieja lechuzona, metasé en sus cosa, si no quiere que le vaya pior de lo que li´ha ido siempre... Así que se me la va mandando mudar a donde usté sabe, ante que se me acabe la pacencia.
¡Qué se le va´cer! ¡Atrevida como ella sola la chinita! ¡Ah,! Pero yo ni me li´callao y li dicho todo lo que tenía dentro antes d´irme. Cierto que mi´ha dejao con la palabra en la boca –como bien dicen— porque áhi nomás, en cuanto li´ empezao a hablar, se me la dió media vuelta y se me la fue pa´l lao de la cumbrecita ésa del otro lao. Yo la empecé a seguir, y cada vez tenía que gritar más fuerte, porque ya las taba no me dan para andar chiviando, ¡Si agatita mi´ llegao hasta el rancho de la Ulogia, vu´a seguí má´ arriba todavía! Ansí que mi quedao en donde me daba el resuello, y a los gritos, la´hi seguío diciendo todo lo que debía decirle... ¡Ni vuelta se daba, siquiera!
Con una bronca que no le digo, vea, mi´ empezao a volvé; cuando al pasá frente al rancho, la veo a la vieja Ataliva bichándome por en medio de las crenchas que le tapaban losojo, haciéndose “la otra”. Todo ha sío verla y pararme y encararmela:
-¡Usté, vieja ladina, usté es la que ha descarriao a esa creatura del Señó! ¡Porque haberá sío pobre, haberá sío fiera, haberá sío zonza, pero no era bruja hasta conocerla a usté!
O la vieja era cara rota o era sorda, porque ni se mosquió con todo lo que li´dicho. Así que áhi nomás, sintiendo que me hervía la sangre y ante de venir y desgraciarme fiero, mi venío. ¡Parecía que el corazón se me salía por la boca de la pura rabia y el cansancio que tráiba!... Pero, ¿sabe qué? Tengo la tranquilidá de concencia que no me lis´ callao a nenguna de las dos. ¡Ya que me l´iba a callar!
Como para no creer que andaban en cosas rara, si el dotor Mansilla –de los Mansilla que tienen el caserón cerquita de la aguada— que era un güen mozo estirado de aquellos, vea, un día que la Ulogia ´bía bajao al pueblo, -toda enjoyada y cubierta con esos tejidos raro que´ bían quienes juraban que eran huayquiados... Pero por estos lugares, nadie ha hallao un huayco, hasta ahora.
Para mí que eran tapaos, que estas obligaban a los duendes a entregarles. No hallo otra, vea, le juro por Dios y la Virgencita del Valle.
Bueno, lo que le decía era que el dotor Mansilla nomás la vió y la Ulogia que lo miró así, penetrante y fijo como miraba ella, nomás la vió, digo, ¡que se enloqueció por la bicha! Se´ namoró tanto, pero tanto della, que la seguía por todos lado, sin importarle ni de la mujer ni de lo sijo. ¡Sin importarle de su madre ni de su padre, le digo! Porque ellos, los Mansilla, ¡ay, Dios! ¿qué quiere que le diga? Siempre han vivido sin mezclarse con nadies del pueblo... Y bueno, de toda esta cochina historia es que ha nacido el piojoso ése del Armando –que no ha sacado siquiera la sombra de los Mansilla— y que es la misma maldá en persona.
Y bueno, de todo ésto que le cuento, ya ha pasado como cuarenta años, má o meno... y sí... algo así, nomás... en todo este tiempo, ¡si haberán pasado cosas! ¡Huy! ¡Para contar y contar sin pará! No es que una se haya estado la vida pendiente de la cosa ésta ¡no!, sinó que eran tantas, que obligaban a mirá qué estaba pasando áhi. ¿No ve que un día, porque la Ulogia se había enojao con él, y lo ´bía corrío, el tonto del dotor se ahorcó en el roble de cerca de la salida?... Lo encontraron ya duro, y a pesá que hacía un calor de esos que no se emparvan, ¡ni un solo bicho se le había acercao! ¡como para dudar que el pobre no estaba bien curao!... Y así y todo, ella siguió con lo suyo, nomás. Y el diablo del Armando, creciendo.
Ya a estas altura, a ella –como tenía un hijo y todo, la empezaron a llamar “doña”. “Doña Ulogia”. ¡Y se ponía más cogotuda, si se podía!
A mí, todo el mundo me preguntaba dellos... ¡como si yo viviera pendiente de lo que hacían esos dos ahí arriba! Digo dos porque ya la vieja Ataliva hacía rato que no se la veía y se comentaba que se había muerto y la habían enterrado áhi nomás, lejos de tierra santa. En una de ésas, la cosa es pior... no sé... con estos endiablados una no sabe a qué atenerse.
Bueno, yo trataba de estar informada para no defraudar a quien me lo averiguara, así que alzaba mis güesos como podía y me iba hasta el montecito que sale justo atrás de donde esos diablos vivían y me ponía a mirar un ratito, nomás... Bueno... a veces, una tarde, o una mañana... creo que alguna vez me quedé todo un día, ¡ya ni me acuerdo!. ¡Ah,! Pero éso sí: nunca de noche. Así que yo, de lo que pasaba áhi de noche, no sé nada de nada. ¡Dios me libre y guarde de saberlo!
Y ahora, miren cómo ha terminado todo, ¿ve?, ¡si era de esperar que esto pasara! El padre Felipe, cuando hace como cuatro años se hizo cargo de la Capillita, no me quería creer cuando yo le decía: “Vaya, Padrecito, vaya y esorciselá a la diabla y al hijo también”, se reía y me palmeaba como si una fuera una vieja loca que anda por áhi chusmeando lo que hacen los vecino.
En cambio, el Pastor Peter me escuchó y se fue hasta el rancho, con la Pastora y otros miembros de la comunidá crestiana y ellos sí, entre todos, le hicieron el esorcio. Pero nenguno quiso contar qué pasó áhi, porqué salieron en desbandada y asustados, anque todos eran gente de agallas. ¡Pero igual!
Y ahora, mirenlá , ¡qué mala muerte ha tenido la doña Ulogia ésa! ¡Qué mala muerte! Ahorcada con los propios collares de oro que nadie sabía de dónde sacaba, y –todavía encima— metida en esa tinaja como una momia de las que desentierran los huayqueros... ¡si hasta tenía los mismos atavíos! Y, lo pior de todo, es que estaba como a diez metros de profundidá, en la cueva del barranco... ¡¿Quién la iba a poner áhi?! Grandota y gorda como era, se necitaban como seis hombres para cargarla. Así que la polecía no encuentra cómo es que la han ponido así... ¡no hay esplicación, vea! Y, para colmo, al Armando lo han tenío que encerrar porque se volvió loco de susto... ¿susto de qué, ah? A ver, digamé usté, qué ha visto el hombre ése para terminar así.
No... si yo le había alvertido a la Ulogia: “hay cosas con las que no se juega...” “hay cosas con las que no se juega...” Pero ella, de puro soberbia nomás como era, no me quiso escuchar.
Y bueno... eso también que sirva para que no anden diciendo por áhi que una es una vieja loca y chusma, que vive pendiente de la vida de los otro.
¡Ahora que me expliquen qué pasó con toda esta historia! ¡Ma´ bé´ quién puede!
Y lo más pior es que la doña, cuando era moza –y más fiera que susto a medianoche —ya se venía ladiada nomá: ella que quería y quería– y el cuero que no le daba—ansí que agarró pa´lotro lao y encomenzó a caer seguido por lo de la vieja Ataliva, que si habería bruja, ¡ésa lo era!.
Primeramente, que al padre de la Ulogia no le gustaba para nada esa amistá, y cada vez que la chinita –porque en ese entonce, la Ulogia ya li´ dicho quera moza –fiera pero moza – subía hasta el rancho de la vieja, cobraba la mama. Y cuando volvía la hija, cobraba la hija. Y si se metía la madre, cobraba de nuevo.
Y ansí y todo, moretiada de arriba abajo, no dejaba de subir hasta el rancho de la vieja, que quedaba a la parcita nomá de donde vivía ahora la Ulogia: o sea, trepando el monte hasta la puntita, cerca de las cuevas, a donde nadie que se precie se anime a llegar.
Y bueno, sigo: la Ulogia y su mama –que la pobre santa era muda de nacimiento— andaban todo aporriadas por don Tomás, el padre –hombre de buen parecer, que lo único malo que teniba era que se machaba y ¡era otro, vea...! – y áhi sí, aunque la pobre chica estaba en la casa, de lo más modosa, lo mismo ¡le pegaba cada una...! a ella y a la pobre muda de la madre, que yo no sé cómo era que la mujer no aprendía a hablar de una buena vez, vea.
Hasta que un buen día, la Ulogia reventó, y se puso a gritarle al viejo:
-¡Eche mano a ese palo, viejo ladino, y lo van a arrastrá todos los demoño!
¡Ave María purísima! En el nombre del Padre, del Hijo y del Píritu Santo, Amén.
Yo, que vivía ahicito nomá, separada por los alambre, miro –no de curiosidá, no—sino porque justito había salido hacer no sé qué cosa, vea, y me los veo: la muda de la madre, llorando tirada en el suelo, toda golpiada, pobrecita; el viejo, tambaliándose como saché de leche por la macha, la miraba a la hija con una cara de susto que daba miedo... ¡de no creer, vea!... y, cuando la veo a la chica... ¡Diosito querido! ¡era otra persona! ¡sólo la voz era la della!: sólo la voz era la della, porque esta otra que lo enfrentaba así -vea, así- al tata, era una diabla roja guerrera, que parecía que se lo iba a devorar al flaco a pesar de todo el vino que cargaba en su humanidá... Anque el tiempo ha pasao, ¡todavía me da fiebre cuando me acuerdo cómo lo voraciaba al padre!... Como será que era, que al hombre áhi nomá se le pasó la borrachera y salió carpiendo como alma que lleva el diablo, vea. Nunca más se lo volvió a ver. Nadies saben si se ha murido o qué... lo único, que nunca más se lo volvió a ver.
Y bueno, de áhi en más, la Ulogia se iba afianzando en sus cosas cada vez más; la tenía a la pobre mudita de la madre como servienta y pa´ los mandaos en el pueblo, hasta que la mujer se le murió, vea.
Ni una sola ládrima vertió por esa santa que la trajo a este mundo... ¡De no creer, vea!
¡Huy!, si yo me pusiera a contarle de todos esos años, de todo lo que se veía –día y noche—que pasaba en ese rancho; ¡las cosa que se escuchaban...! hasta que, despué, cuando se le muere la madre, ella se va a viví –sin decir adió—a la par del rancho de doña Ataliva, ¡las travesuras que se haberán mandado juntas...! Porque vea, le cuento: en donde era que ella vivía, ni los perro se acercaban. Hasta las sabandija esquivaban el bulto y no se arrimaban al lugar. Ademá, se oían ruidos raros y se veía luces. Usté no va creerlo si no lo ve con sus propio sojos.
¡Las cosa que pasaban alredor de la Ulogia! Y se volvió altanera, cogotuda... –pasaba así, vea, sin mirar a nadies-... y no sé para qué quería una que la mire con eso sojos de diabla que tenía. Pero nomá era cosa de pasar ella, y el bicherío salía disparado para cualquier lado, espantado.
La gente comentaba que entre las dos –la Ataliva y la Ulogia- haberían haber descubrido alguna fórmula para valerse de los duendes... ¡sí! ¡no se ría! De los duende... Y le cuento porqué: tenían todo el campito alredor de donde vivían, que era una hermosidá de las fruta y las verdura, vea. Para ellas no había sequía, ni peste, ni nundación, ni nada. Y nenguna dellas dos era guapita, que digamos. Endemás, andaban colgándose pulsera, collare, anillo, ¡que le juro! Le envideaban las reina.
Como yo a la chica la conocía de nacida, ella medio que me tenía consideración y me respetaba, y poreso, agarro un día de mañanita bien temprano y m´ido a verla para prevenirla:
-Mirá, Ulogia, hay cosas que no son juego. El problema viene dispué, porque en esas cosa, el pago es con sangre.
Y ella me ha entendío muy bien, porque se encrespao y me dijo:
-Vea, vieja lechuzona, metasé en sus cosa, si no quiere que le vaya pior de lo que li´ha ido siempre... Así que se me la va mandando mudar a donde usté sabe, ante que se me acabe la pacencia.
¡Qué se le va´cer! ¡Atrevida como ella sola la chinita! ¡Ah,! Pero yo ni me li´callao y li dicho todo lo que tenía dentro antes d´irme. Cierto que mi´ha dejao con la palabra en la boca –como bien dicen— porque áhi nomás, en cuanto li´ empezao a hablar, se me la dió media vuelta y se me la fue pa´l lao de la cumbrecita ésa del otro lao. Yo la empecé a seguir, y cada vez tenía que gritar más fuerte, porque ya las taba no me dan para andar chiviando, ¡Si agatita mi´ llegao hasta el rancho de la Ulogia, vu´a seguí má´ arriba todavía! Ansí que mi quedao en donde me daba el resuello, y a los gritos, la´hi seguío diciendo todo lo que debía decirle... ¡Ni vuelta se daba, siquiera!
Con una bronca que no le digo, vea, mi´ empezao a volvé; cuando al pasá frente al rancho, la veo a la vieja Ataliva bichándome por en medio de las crenchas que le tapaban losojo, haciéndose “la otra”. Todo ha sío verla y pararme y encararmela:
-¡Usté, vieja ladina, usté es la que ha descarriao a esa creatura del Señó! ¡Porque haberá sío pobre, haberá sío fiera, haberá sío zonza, pero no era bruja hasta conocerla a usté!
O la vieja era cara rota o era sorda, porque ni se mosquió con todo lo que li´dicho. Así que áhi nomás, sintiendo que me hervía la sangre y ante de venir y desgraciarme fiero, mi venío. ¡Parecía que el corazón se me salía por la boca de la pura rabia y el cansancio que tráiba!... Pero, ¿sabe qué? Tengo la tranquilidá de concencia que no me lis´ callao a nenguna de las dos. ¡Ya que me l´iba a callar!
Como para no creer que andaban en cosas rara, si el dotor Mansilla –de los Mansilla que tienen el caserón cerquita de la aguada— que era un güen mozo estirado de aquellos, vea, un día que la Ulogia ´bía bajao al pueblo, -toda enjoyada y cubierta con esos tejidos raro que´ bían quienes juraban que eran huayquiados... Pero por estos lugares, nadie ha hallao un huayco, hasta ahora.
Para mí que eran tapaos, que estas obligaban a los duendes a entregarles. No hallo otra, vea, le juro por Dios y la Virgencita del Valle.
Bueno, lo que le decía era que el dotor Mansilla nomás la vió y la Ulogia que lo miró así, penetrante y fijo como miraba ella, nomás la vió, digo, ¡que se enloqueció por la bicha! Se´ namoró tanto, pero tanto della, que la seguía por todos lado, sin importarle ni de la mujer ni de lo sijo. ¡Sin importarle de su madre ni de su padre, le digo! Porque ellos, los Mansilla, ¡ay, Dios! ¿qué quiere que le diga? Siempre han vivido sin mezclarse con nadies del pueblo... Y bueno, de toda esta cochina historia es que ha nacido el piojoso ése del Armando –que no ha sacado siquiera la sombra de los Mansilla— y que es la misma maldá en persona.
Y bueno, de todo ésto que le cuento, ya ha pasado como cuarenta años, má o meno... y sí... algo así, nomás... en todo este tiempo, ¡si haberán pasado cosas! ¡Huy! ¡Para contar y contar sin pará! No es que una se haya estado la vida pendiente de la cosa ésta ¡no!, sinó que eran tantas, que obligaban a mirá qué estaba pasando áhi. ¿No ve que un día, porque la Ulogia se había enojao con él, y lo ´bía corrío, el tonto del dotor se ahorcó en el roble de cerca de la salida?... Lo encontraron ya duro, y a pesá que hacía un calor de esos que no se emparvan, ¡ni un solo bicho se le había acercao! ¡como para dudar que el pobre no estaba bien curao!... Y así y todo, ella siguió con lo suyo, nomás. Y el diablo del Armando, creciendo.
Ya a estas altura, a ella –como tenía un hijo y todo, la empezaron a llamar “doña”. “Doña Ulogia”. ¡Y se ponía más cogotuda, si se podía!
A mí, todo el mundo me preguntaba dellos... ¡como si yo viviera pendiente de lo que hacían esos dos ahí arriba! Digo dos porque ya la vieja Ataliva hacía rato que no se la veía y se comentaba que se había muerto y la habían enterrado áhi nomás, lejos de tierra santa. En una de ésas, la cosa es pior... no sé... con estos endiablados una no sabe a qué atenerse.
Bueno, yo trataba de estar informada para no defraudar a quien me lo averiguara, así que alzaba mis güesos como podía y me iba hasta el montecito que sale justo atrás de donde esos diablos vivían y me ponía a mirar un ratito, nomás... Bueno... a veces, una tarde, o una mañana... creo que alguna vez me quedé todo un día, ¡ya ni me acuerdo!. ¡Ah,! Pero éso sí: nunca de noche. Así que yo, de lo que pasaba áhi de noche, no sé nada de nada. ¡Dios me libre y guarde de saberlo!
Y ahora, miren cómo ha terminado todo, ¿ve?, ¡si era de esperar que esto pasara! El padre Felipe, cuando hace como cuatro años se hizo cargo de la Capillita, no me quería creer cuando yo le decía: “Vaya, Padrecito, vaya y esorciselá a la diabla y al hijo también”, se reía y me palmeaba como si una fuera una vieja loca que anda por áhi chusmeando lo que hacen los vecino.
En cambio, el Pastor Peter me escuchó y se fue hasta el rancho, con la Pastora y otros miembros de la comunidá crestiana y ellos sí, entre todos, le hicieron el esorcio. Pero nenguno quiso contar qué pasó áhi, porqué salieron en desbandada y asustados, anque todos eran gente de agallas. ¡Pero igual!
Y ahora, mirenlá , ¡qué mala muerte ha tenido la doña Ulogia ésa! ¡Qué mala muerte! Ahorcada con los propios collares de oro que nadie sabía de dónde sacaba, y –todavía encima— metida en esa tinaja como una momia de las que desentierran los huayqueros... ¡si hasta tenía los mismos atavíos! Y, lo pior de todo, es que estaba como a diez metros de profundidá, en la cueva del barranco... ¡¿Quién la iba a poner áhi?! Grandota y gorda como era, se necitaban como seis hombres para cargarla. Así que la polecía no encuentra cómo es que la han ponido así... ¡no hay esplicación, vea! Y, para colmo, al Armando lo han tenío que encerrar porque se volvió loco de susto... ¿susto de qué, ah? A ver, digamé usté, qué ha visto el hombre ése para terminar así.
No... si yo le había alvertido a la Ulogia: “hay cosas con las que no se juega...” “hay cosas con las que no se juega...” Pero ella, de puro soberbia nomás como era, no me quiso escuchar.
Y bueno... eso también que sirva para que no anden diciendo por áhi que una es una vieja loca y chusma, que vive pendiente de la vida de los otro.
¡Ahora que me expliquen qué pasó con toda esta historia! ¡Ma´ bé´ quién puede!